OLLANTA HUMALA HA VENCIDO


Por: Mario Meza Bazán

En las elecciones presidenciales del 2006 voté en segunda vuelta viciado. Los dos candidatos en competencia: Alan García del partido Aprista y  Ollanta Humala de Unión por el Perú no me convencían en absoluto de la posibilidad de que hubiese un gran giro en la política interna peruana dominante en el país desde la asunción de Alejandro Toledo en el 2001. Esta sensación de continuidad, a pesar que Humala aparecía demonizado como un bolchevique andino, no me impresionaba en absoluto. Mi desencanto por lo que pudo hacer el toledismo y que no hizo, que era esencialmente construir una nación menos inequitativa y más integrada, y la ventaja del sosiego de haber estado viviendo en el extranjero desde hacía medio año antes del inicio de las campañas presidenciales, me alejaban de los avatares de una lucha electoral que alcanzó su cumbre entre los meses de enero hasta junio. García apareció como un mesías socialdemócrata de última hora al que la derecha apostaba con nariz, ojos y oídos cerrados como el mal menor que podía taponear a un Humala, el gran cuco que avaló mejor esa imagen con su asistencia a una de los febriles discursos de Hugo Chávez que para mayor escarnio de su poca inteligencia, se puso a cantar el himno nacional peruano creyendo que era el  himno nacional boliviano.

La victoria de Alan y su mediocre gobierno pro empresarial de este periodo que ya concluye, confirmó además mi sospecha que García había exhibido en su primer gobierno, que podía desvestirse de una ideología y un pensamiento económico originalmente reformista para revestirse con el pensamiento y la ideología más conservadora, todo con tal de satisfacer su ego de poder basado en cortesanos de turno. La derrota de Ollanta me hizo pensar en cambio en las amplias corrientes de descontento y disconformidad que emergían ante la primera oportunidad para quitarse de encima el desagravio que le infligían grupos minoritarios de poder. La derrota de Ollanta en la segunda vuelta del 2006 resultó a todas vistas entonces positiva y yo no lo percibí hasta mi regreso al país en el 2007: demarcó con claridad la lealtad de sus seguidores de los oportunistas que lo traicionaron y lo abandonaron por un mendrugo en el congreso; llevó a un sector de la izquierda (con quiénes no me une vínculos de ningún tipo) a aceptar que Ollanta era el caudillo–quizá el único- capaz de conducirlos en un país fragmentado y contradictorio pero unido por el descontento y la aspiración de un cambio; lo obligó a construir un movimiento político más coherente y atraer en su entorno a figuras políticas e intelectuales consistentes con la propuesta de cambio que lo convirtieran en una auténtica propuesta de cambio con democracia; y, comprendió finalmente, que tenía que construir sobre la base de un sentimiento nacionalista y popular que siempre reivindicó, que el momento de la rabia con el que emergió debía dar paso a la real politik que lo apartara de Hugo Chávez y lo acercara más al Brasil de Lula da Silva, con el rescate de elementos de un desarrollo del mercado, el fortalecimiento de un Estado “sin soroche” y con un compromiso fundamental con la democracia. Los resultados de esta apuesta  están a la vista: su apuesta nacionalista y popular por el cambio se ha conservado; la lealtad de su movimiento se ha fortalecido y su liderazgo se ha acrecentado; la atracción a su entorno pudo convocar figuras más allá de los intelectuales y políticos al punto de atraer al Nobel de Literatura y al ex presidente más democrático de los últimos veinte años.

 

Hoy, Ollanta Humala ya es el presidente 101 del Perú, el primer presidente de la izquierda peruana y uno de los pocos políticos de profesión militar electos como presidente en el país. El desafío que se le presenta es enorme, quizá el mayor desafío es el cumplimiento de la lluvia de ofertas electorales al que se lanzó en medio de una frenética campaña enlodada por la oposición y la agresión de los grandes capitales nacionales y extranjeros, con  la conservación de sus idearios originales. Personalmente me gustó más la propuesta original de la Gran Transformación, que como su nombre lo indica, intentaba ser el sentimiento de cambio por el que un importante tercio del país votamos. Las necesidades de la campaña y de la atracción de los votos de aquellos que no querían a la candidata de la mafia pero también de quiénes que no querían importantes sobresaltos al país, recortaron ese filo redistribuidor e industrializador del crecimiento con equidad. La imposición de agendas de consenso y el respeto de la espurea Constitución de 1993 (si aquella que ganó con un 51% de los votos válidos), es la consecuencia más relevante de esta centrización del candidato Humala. ¿Las banderas del cambio se mantendrán con estas agendas concertadoras y esta constitución? No lo sé, el cambio es esencialmente un sentimiento de esperanza y Ollanta es la personificación de esa esperanza. La política es la única que puede hacer posible en la realidad ese sentimiento y el presidente Humala  debe hacer política desde los más altos hasta los más bajos niveles de la gestión pública. Los escenarios regionales siguen crispados por siglos de inequidad y de injusticia y los partidos tradicionales que han gobernado el país, no han dejado un ambiente de paz y de honestidad para sosegarlo. Tendrá que empezar de cero, peor aún, con el marcador en contra por la violencia y la crispación. La democracia dependerá de él y de la paciencia y la vigilancia de los peruanos. Las únicas tareas que caben en este contexto serán aquellas que solo la democracia le permitan, aunque afecte a los grandes intereses empresariales y de la sociedad que los representan.

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