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¿Solos o (mal) acompañados? Los dilemas para construir una izquierda viable y radical en el Perú


Mario Meza Bazán.

Aprovecho el artículo de Hernán Maldonado para introducirme a un debate que se ha planteado con Juan Carlos Ubilluz; y, en la columna de Antonio Zapata,[1] acerca de las posibilidades electorales de la izquierda en el Perú, especialmente para las que se vienen en las elecciones presidenciales y del congreso en el 2016. Entre los principales puntos que se debaten aparecen:

1° La situación de fragmentación y debilidad de las diferentes expresiones políticas y sociales que se consideran de izquierda.

2° Las oportunidades que representan hoy los movimientos sociales en auge en provincias, que se enfrentan a los capitales transnacionales por el tema medioambiental; y, al cuestionamiento de las formas políticas de la clase política tradicional, que desde hace 25 años, ha encontrado en Lima, por ejemplo, un referente para la oposición a la gestión del alcalde Luis Castañeda Lossio.

3° La viabilidad de que haya en esa oportunidad de unificación por motivos electorales y en menor medida por convergencia política, la posibilidad de obtener si no buenos resultados por lo menos resultados satisfactorios, que levanten una auténtica posibilidad y esperanza de cambio en la conducción política de este país.

Hay un consenso entre los tres analistas sobre la fragmentación como un síntoma de debilidad del actual del proceso político de la izquierda peruana. Para Ubilluz, éste debería ser el momento para replantear las posibilidades de reconstitución de una izquierda con ideas genuinas de cambio en la política peruana, teniendo como punto de partida la soledad de la radicalidad que a la larga se convierta en una antorcha que amplifique perspectivas para una izquierda anquilosada por las continuas frustraciones de candidaturas que “traicionaron” la voluntad popular delegada en las ánforas en favor de una “democracia administrada” por los grandes poderes económicos. Claro, la soledad a la que se refiere Ubilluz es la política, porque por lo menos uno de los logros que ha conseguido, por ejemplo, Tierra y Libertad es crear desde el movimiento social medio ambientalista una conciencia ecológica, que le dará consistencia política en el largo plazo como fórmula de cambio alternativo.

Por otro lado, se presenta la posición de Antonio Zapata, que desde un planteamiento opuesto, considera que la suma de las minorías, por más consistentes que sean, no podrían alcanzar el mínimo de la opción realista que debe presidir siempre el ejercicio de la política: la obtención del poder. Desde esa perspectiva, plantea que las posibilidades de una minoría no han comulgado bien con ese agente mayoritario en el Perú desde la segunda mitad del siglo XX, y que ha venido inclinando la balanza de las diferentes elecciones en los últimos 35 años, que es el sector mestizo o popularmente cholo de la población. Desde esa perspectiva resultaría razonable que las diferentes agendas que hoy se manejan desde una mirada izquierdista, como son la reivindicación de la dignidad y la igualdad, se constituyan en elementos claves que cohesionen todas las demandas sociales, indigenistas, regionalistas, urbanas y de clases medias en un solo bloque mayoritario, capaz de derruir a los sectores oligárquicos de la sociedad.

Desde una tercera mirada, y complejizando ambas posturas, Hernán Maldonado plantea las dificultades para mantenerse en una postura principista, que no pocas veces ha derivado en posiciones sectarias y moralistas en el seno de la izquierda, pero que parece se hacen más intensas en el Perú de los últimos años. No es el caso de la dirigencia de Tierra y Libertad, pero sí de sectores que han mostrado rechazos a alianzas con el Frente Amplio, por ejemplo, por el tema del liderazgo en la Confluencia por la Unidad del Frente de Izquierda (CPUFI). En todo caso, si hay un escollo en la moral públicamente impoluta de algunos sectores de izquierda para mantener un proyecto político electoral de cambio en el corto plazo, es porque no han entendido, según Maldonado, lo que significa realmente la política y, específicamente, la política secularizada. Ludolfo Paramio identificaba un impasse similar con el comunismo europeo de la década de 1980, lo que se solucionó con el colapso del bloque soviético. ¿Qué tendría que pasar en Perú para que se supere esta desconfianza por el otro?

Un problema mayor, plantea Maldonado, sería que el debate en el seno de las izquierdas (antaño llamado el campo popular) es que no se han cumplido tareas que debieron haberse hecho tras 25 años del colapso de las izquierdas: definir proyectos, debatir programas, establecer propuestas concretas, convertir a actores emergentes y no emergentes (los excluidos de la sociedad) en protagonistas de la nueva cara izquierdista en el Perú. En todo caso aquí quiero conectar las diferentes propuestas que plantean los tres autores. En principio ¿qué actores son los que se proponen? Ubilluz y Zapata plantean la más amplia gama de los excluidos tradicionalmente de la arena política principal, (lxs campesinxs y nativxs y lxs migrantes mestizxs, fuera de todos los otros grupos como homosexuales, lesbianas, etc.) ¿Qué tienen en común? Aparecen en los medios como parte del coro, los que se manifiestan en las movilizaciones, en las marchas, los que aparecen golpeados, apaleados, detenidos, abaleados, asesinados muchas veces al margen de la cámara de Tv. o que son sembrados por alguna conspiración mediática para hacerlos aparecer como violentos. ¿Hablan ellos en nombre propio o del que sufre los efectos del “sistema”? La respuesta es obvia, pero profundicemos un poco más ¿Tienen proyectos? El más común y extendido: no haber sido nada durante años, ser alguien ahora ¿Qué programa define eso? Uno que los libere de las ataduras de la opresión y la humillación de la sociedad, que está aparejado con la desigualdad en la política, en la economía, en la cultura, en la escuela, en los servicios de salud, en el trato de la policía y de la administración de justicia, en la convivencia dentro de la familia, del hogar y en las instituciones que se dicen “tutelares” de la patria. ¿Es lírico, romántico,  revolucionario poco realista? ¿No está exento de contradicciones por ambicioso y por eso poco realista políticamente? Coaligar a las clases y grupos definidos por la opresión, es en sí una utopía, pero viable, porque es establecer un discurso y un imaginario legítimo donde todos deben tener cabida, sino no hay posibilidades de aglutinación colectiva coherente. El tiempo y la cooperación o, en su defecto, la tolerancia mutua, es lo que define la pervivencia de un proyecto de este tipo, no sólo su eficacia o eficiencia. Eso lo hace históricamente viable. Hasta Alan García lo entiende así cuando habla de un Frente Republicano. ¿Se podría objetar eso? Claro que no, sólo que en el caso de García y compañía ese frente está hecho para no cambiar nada, ellos no creen en todo lo dicho hasta aquí. Otra objeción ¿acaso no se inscriben todos estos buenos deseos, que son también operativos, en los postulados de todos los partidos políticos, del Acuerdo Nacional, de las constituciones políticas abolidas y vigentes y de los discursos políticos más sosos y convencionales? Aparentemente si, pero he allí el detalle, nadie osa cumplirlo.

Entonces se puede plantear una objeción más consistente a esta política de liberación ¿por qué todo esto que aparecería como muy bueno para un público que ha escuchado en plazas y calles o en la Tv y la prensa, en resumidas cuentas, en una campaña electoral, no podría ser práctico en el mundo real? ¿No fueron acaso Toledo, Humala y hasta el mismo Fujimori en su momento, las opciones de una mayoría silenciosa que convirtió en outsiders a candidatos aparentemente comprometidos con una mirada izquierdista los que traicionaron la voluntad de sus electores por una política más realista? La supuesta falta de viabilidad de estos buenos deseos no sería tanto la concreción o la congruencia de los programas dentro de un solo proyecto colectivo como nos sugiere implícitamente Maldonado en el final de su texto, y que explicarían en última instancia las rupturas entre las izquierdas colgadas de la mochila del líder triunfante en las elecciones, sino las acciones claras de los actores políticos y sus operadores, que en representación de la más variopinta colectividad, no hacen viable estas propuestas. Es la práctica real y las acciones de los actores la que viabiliza y da sentido a la palabra, no al revés (Marx dixit). Puede haber errores de concepto, de priorización, de ejecución y hasta de omisión, pero son las acciones consecuentes con la confianza de los electores que apostarían por ese frente (algo tan escaso en los últimos años), los que mantendrían cohesionados, en una gran mayoría no solo electoral sino política, a un proyecto de izquierdas que además debería pretender ser radical. Esta “realidad”, con que nos ha golpeado tras cada elección el pensamiento único conservador, podría tener un elemento de verdad, especialmente cuando los que han llegado al poder cada cinco años por la izquierda y se van de inmediato a la derecha, terminan envueltos en las telarañas de compromisos teñidas no pocas veces de corrupción. Este regalo de cínico “realismo político” es más un presente griego de las clases políticas, y especialmente de izquierdas, que han forjado durante décadas con su vaciedad doctrinal e ideológica las supuestas inviabilidades de un programa radical de transformación. Es la inoperancia de las izquierdas para organizarse, trasmitir y enseñar sus errores y fallos en la política peruana a las colectividades que dicen representar, son ellas las que han producido con sus deslices por los fallidos liderazgos populistas, la recurrencia al “realismo” político conservador de los candidatos que llegaron al poder por la izquierda y se fueron a la derecha. Son las fallas no subsanadas por las viejas dirigencias izquierdistas, que no han  cumplido con sus tareas  políticas, ideológicas y de transmisión cultural de sus errores y victorias (si es que las hay), lo que debería y no debería hacerse en política. Llenar ese vacío de los últimos 25 años de política izquierdista es una tarea pendiente que no se ha asumido con rigor y seriedad. Querer llenar esos vacíos cada cinco años con campañas electorales confusas y al compás del discurso ideológico dominante es una burla a su electorado, es sentarse sobre todo lo que reclaman hacer para en realidad no hacer nada viable al final.

La tragedia de las izquierdas es precisamente dejar de hacer en el campo y en el tiempo largo del movimiento social las tareas de difusión y enseñanza de valores y principios que debe guiar el razonamiento básico de una izquierda radical. ¿Cuál sería la tarea fundamental de una izquierda radical en el Perú de hoy? la construcción de vocabularios y prácticas de liberación de opresión y de humillación mediante tareas de empatías y formación de solidaridades e identidades de los oprimidos, que reivindique antes que todo justicia e igualdad ante la sociedad y la ley.[2] Sobre esa base ¿se puede entender la extrema necesidad de las alianzas coyunturales en las izquierdas para la obtención del poder del Estado? No, si antes no se piensa realmente cómo ese acceso al poder puede favorecer la recomposición de una opción política viable para los perdedores del sistema. Para muestra un botón, al margen de mis simpatías o antipatías por la fenecida gestión de Susana Villarán ¿alguien podría imaginarse una movilización por una obra malhecha, como fue la del Metropolitano, entre el 2002 al 2010, con una caída estrepitosa en las encuestas del alcalde Castañeda? Algo cambió en el electorado limeño entre el 2011 y 2015. Allí hay una lección para aprender y avanzar, para retomar desde una radicalidad de izquierdas una dirección utópica de liberación.

[1] Maldonado, Hernán “La posibilidad de una isla” en Ideele Revista Nº 249 En http://revistaideele.com/ideele/content/la-posibilidad-de-una-isla; Ubilluz, Juan Carlos “No a la gran coalición de izquierda” http://revistaideele.com/ideele/content/no-la-gran-coalici%C3%B3n-de-izquierda ; Zapata, Antonio “Coalición de mayoría o suma de minorías” en La República del 06 de mayo del 2015 http://www.larepublica.pe/columnistas/sucedio/coalicion-de-mayoria-o-suma-de-minorias-06-05-2015  

[2] Muchos temas se plantean aquí desde esa óptica; por ejemplo, ¿debe existir el mercado y el Estado? Si fuese así ¿cuáles deberían ser sus roles en la sociedad? ¿cuál debería ser el compromiso del Estado frente a la sociedad; por ejemplo, con temas como el medio ambiente, la desigualdad, la inequidad, la opresión, la Globalización? ¿Qué tanto podrían hacer los movimientos sociales en auge para erosionar ciertas supuestas verdades actuales; y, cómo podrían apoyar los cambios que deben operarse dentro del Estado? Todo eso da para debates que nadie en el espectro político actual ha asumido con seriedad; y, que en las izquierdas apenas se mencionan para no molestar a los sectores conservadores, que por cierto, hoy son una mayoría relativa, empezando por el electorado fujimorista, ese otro actor político que las izquierdas no han comprendido o se han rehusado a comprender hasta hoy.

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¿De qué trata su libro? Mario Meza Bazán


Mario Meza nos presenta su última publicación Justicia y poder en tiempos de violencia. Orden, seguridad y autoridad en el Perú, 1970-2000, PUCP 2013. (Tomado de El Reportero de la Historia)

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La incursión de las mujeres a los estudios universitarios


Artículo publicado en Cuadernos del Instituto Antonio de Nebrija

Universidad Carlos III de Madrid

CIAN Vol 15, No 1 (2012)

Resumen

El artículo expone cómo las primeras universitarias de fines del siglo XIX y principios del siglo XX dieron los primeros pasos para la inserción de las mujeres en la vida pública profesional. Para la autora este proceso se sitúa dentro de la lucha de las mujeres por la ampliación de sus derechos civiles. La investigación describe las dificultades institucionales, socialesy culturales para superar los roles de género asignados a las mujeres dentro de la sociedad así como para obtener el reconocimiento del ejercicio profesional. De este modo la presencia de las mujeres en la Universidad resalta cuáles eran las posibilidades y limitaciones de la incorporación académica de las mujeres en la sociedad.

Palabras clave: educación, mujeres, universidad

Abstract: This article describes how in the late nineteenth century and the early twentieth century the first university women started out their public professional life as part of the women inclusion in the society. For the author this process lies in the struggle of women for the achievement of their civil rights. The research has allowed showing the institutional, social and cultural difficulties that women had to overcome gender roles assigned in the society as well as to obtain recognition in the professional practice. Along these lines the presence of women at university emphasizes what were the possibilities and limitations of women’s formal incorporation into the society.

Key words: education, women, university

Texto completo

http://hosting01.uc3m.es/Erevistas/index.php/CIAN/article/view/1544/658

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Las paradojas de la actual violencia política en el Perú: los Sendero- VRAE


Autor: Mario Meza

Si tenemos que hablar de una actual violencia política en el Perú el caso del secuestro de los trabajadores de KEPASHIATO en Echarate, región Cusco, nos puede dar una idea de qué se trata ante una nueva forma de lucha armada que combina política, secuestro y negocios. Véase http://idl-reporteros.pe/2012/04/12/columna-de-reporteros-74/. El interés es controlar zonas estratégicas que proporcionen bases territoriales no para hacer la revolución, sino para afianzar poderes locales armados que compitan con el Estado en la imposición de un dominio en esas zonas basadas en la violencia para la obtención, por la extorsión y el chantaje a esas mismas autoridades públicas y a las empresas de la zona, de fuentes de financiamiento para sus organizaciones armadas. De allí la primera paradoja de estas organizaciones armadas “revolucionarias”  en los Valles de la Región Apurimac – Ene (VRAE). No se limitan a proteger sus bandas armadas sino que buscan sobrevivir del narcotráfico y de los poderes a los  que supuestamente quieren destruir. Esto es nuevo, incluso el viejo Sendero Luminoso, que impuso en las zonas del naroctráifco cupos a los capos de la droga y a los cocaleros para sobrevivir, no se atrevía a secuestrar empresarios y autoridades para obtener ventajas económicas.

La segunda paradoja es que si bien esta práctica antes descrita no aparece en Sendero Luminoso (SL) no es una práctica nueva en la historia de la violencia política peruana; por el contrario, es una práctica vieja del bandidismo puro, mondo y lirondo, y eso le quita la aureola antisistemica o insurreccional del que podía preciarse cualquier movimiento revolucionario. Aún así las propias guerrillas latinoamericanas entre los años 1970 y 1990 y las FARC aun lo usan. Los Sendero VRAE quieren saltar esta práctica a un nuevo nivel en su estrategia de afianzamiento en una región que ya dominaban por el narcotráico y el refugio de jovenes desarraigados de cualquier posibilidad de desarrollo en la sociedad legal.

La tercera paradoja es que si estas prácticas no tienen nada de insurreccionales, revolucionarias o antisistemicas, proveé de motivos y argumentos al poder estatal y a los poderes económicos para reprimir toda forma legítima de protesta social. ¿Cuál es el punto de contacto entre lo uno y lo otro? Esta es la cuarta paradoja. La ideología que este Sendero VRAE utiliza ahora, aunque aparentemente insurreccional y “reivindicatorio” del derecho de las poblaciones locales de la zona frente al Estado y a la gran empresa, especialmente para las actividades extractivas, no busca en realidad hacerle justicia alguna, menos aún, busca beneficiarla con sus acciones, lo que busca es apantallar sus fechorías con motivos políticos. De allí porque les resulta bastante lógico ser condescendientes con las empresas que atacan y con el poder estatal al que también atacan y matan selectivamente, tanto a soldados y oficiales del Ejército como ahora hacen con el secuestro de civiles.

Esto nos lleva a una quinta paradoja. La mentalidad pragmática empresarial propia de una época como la que hoy vive el Perú, ha penetrado en todos los ordenes de la vida y hasta en los grupos armados supuestamente “insurreccionales”. Esto le confiere un signo original a los Senderistas del VRAE, son grupos armados no insurreccionales pero con poder real, que partiendo de la lucha armada, el narcotráfico y ahora del secuestro de civiles ha logrado trascender también  las viejas señales del bandidismo típico de países con estados debiles, para saltar un nuevo nivel de ilegalidad, donde lucha armada, narcotráfico y secuestro se confabulan para afianzar poderes armados locales con poderes de negociación y probablemente, con alguna aceptación social en la zona.

Estos últimos hechos exigen no solamente una respuesta militar represiva sino también una estrategia política de inserción del Estado y de la sociedad peruana en su conjunto para esa zona, abandonada por todos, excepto por los senderistas VRAE. Esto nos lleva a una sexta y última paradoja. Si bien lo que está en juego en esa zona es algo que ya sabíamos desde mucho antes, que unos remanentes senderistas con vínculos con el narcotráfico, buscaban perpetuar un negocio ilicito disfrazado de ideología y solo eso era un motivo de preocupación para saber quién dominaba  esa zona, lo que se juega aquí es algo más trascendente: es quien puede ofrecer un modelo de vida y un gobierno que satisfaga las necesidades de la población no solo desde el dominio efectivo del territorio y la población sino como modelo moral de vida. A la larga el Sendero VRAE está ofreciendo a las poblaciones que no sienten nada del de desarrollo obtenido en el país en los últimos años, un modelo de vida ilegal pero no por eso menos rentable que cualquier actividad licita. Las ventajas de vivir del negocio de la droga, los secuestros y la violencia política armada agregada a otras formas de violencia como las que se dan en las grandes ciudades, especialmente con los jovenes, han sido el detonante en otros países como México, Brasil, Centroamérica, Venezuela o Colombia para convertir a la delincuencia común y política en un problema central en el ambito de la seguridad nacional, problema que en este momento que escribo este artículo, se está debatiendo desde el tema del narcotráfico en la cumbre de las Américas, en un problema de seguridad hemisférica. ¿Tiene el Estado peruano alguna estrategia para afrontar esta nueva realidad? Al momento que termino de escribir estas lineas me entero que los senderistas del VRAE soltaron a los 36 secuestrados de Echarate… Pero el problema sigue allí.

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La Academia Nacional de Historia, los historiadores y la deslegitimación de la enseñanza de la historia en el Perú


Mario Meza.

Historiador

Las notas que salen a continuación responden al artículo que Jorge Moreno Matos publicó el 9 de febrero en su blog El Reportero de la Historia y que tituló “¿Para qué una Academia Nacional de Historia?” http://www.reporterodelahistoria.com/2012/02/para-que-una-academia-nacional-de-la.html Allí Jorge menciona tres motivos de la obsolescencia y el desfase de la Academia Nacional de Historia (de ahora en adelante ANH) con respecto a las necesidades del país. Él señala que hay una ausencia de “opinión iluminadora” o de “juicios y sanciones” de la ANH para el uso y abuso de la profesión y la disciplina histórica en el país; también señala la ausencia de una efectiva y real vida académica conectada a las necesidades de quiénes ejercemos la profesión y el oficio del historiador; y, por último, remacha estas ausencias con el hecho de su absoluto desinterés por promover una efectiva presencia de la historia en la sociedad. Como dice Jorge, la ANH se ha limitado a ser una “abuela jubilada” en la agitada vida de nuestra sociedad con el agravante de que las demandas que ahora se hacen a la disciplina histórica para examinar determinados asuntos que le interesan no son asumidos por ella, afectando de paso la propia legitimidad de las ciencias históricas en el país. Y pone como ejemplos la ausencia de la ANH en la conveniencia o no del Colegio Profesional de Historiadores; la reivindicación de personajes cuestionados por sus acciones ilegales y antiéticas; la apertura de visiones revisionistas que buscan legitimar, deslegitimar o relegitimar rectificando, tergiversando, pervirtiendo o corrigiendo la percepción de un pasado que quiérase o no afecta la memoria, especialmente oficial de un país, tales como la reivindicación de Miguel Iglesias, el replanteo de las dictaduras y de dictadores como Leguía, Velasco y Fujimori; o cuestionando la naturaleza y el impacto de la violencia política de Sendero Luminoso y el retoño de su brazo político legal llamado MOVADEF.[1]

Cabe preguntarse en la dirección planteada por Jorge, si todos los cuestionamientos que acertadamente señala tienen que ver solo y exclusivamente con la performance de una institución creada en 1906 para custodiar la memoria oficial de la nación, a través de prominentes intelectuales y académicos encargados de decirnos como fue el pasado del país.[2] A estas alturas resulta evidente quela ANH está tan desfasada y distanciada de las necesidades y demandas reales de una sociedad, tan compleja y altamente conflictiva, no solo por las distancias que esta institución se ha impuesto con el presente, sino incluso en la manera de cómo miran el pasado. En los últimos tiempos se ha insistido y con mucha razón desde las esferas oficiales del gobierno y del Estado, y más aún entre los llamados lideres de opinión, las profundas deficiencias y vacíos que han aquejado  no solo a la historia como disciplina académica profesional en los centros de formación de historiadores (ergo las universidades). En el mejor de los casos esto sería por un lado una crítica al ejercicio neto y exclusivamente memorístico y erudito de la materia, que encadena muy poco del pasado con los problemas de la sociedad actual; pero por otro lado, soslaya en el peor de los casos la importancia de estas carreras y, en general de las humanidades y ciencias sociales, por estar inundadas por una excesiva percepción  ideologizada de la realidad, con enfoques poco documentados y altamente politizados, que resultan bastante funcionales para afianzar clientelas y camarillas de poder en las universidades pero no para mejorar la calidad académica de la disciplina histórica.

En la realidad de la disciplina histórica sin embargo hay que resaltar otro aspecto que los historiadores generalmente no tomamos en cuenta, y es la manera como esta se enseña y difunde especialmente en las escuelas y en las instituciones de enseñanza superior. Esta situación ha tendido a hacerse más grave cuando esas mismas instituciones de educación superior, especialmente las nuevas universidades “empresas” y/o “técnicas”, se han limitado a rellenar con cursos de historia y en general de humanidades, como una manera formal y ritual de cumplir con las normas y exigencias que imponen la enseñanza de los cursos de historia, sea para  un programa de bachillerato o sea para uno de licenciatura, exigiendo al mismo tiempo un esfuerzo de los profesores (historiadores o no) para minimizar si es que no caricaturizar y precarizar los contenidos de la historiografía, con el fin de hacerlos fácilmente digeribles y aprobables a sus estudiantes. Si esta manera de hacer cumplir la labor docente entre los historiadores, supuestamente capacitados para investigar, producir y difundir producción científica e intelectual, en si mismo altamente precario en un país donde la investigación se encuentra por debajo de los estándares internacionales de recursos para la producción y difusión de conocimientos de calidad, entonces estamos ante el fomento interesado y manifiesto desde determinadas elites empresariales para crear “discapacidades” en la producción, difusión y enseñanza de la historia, agravando la deslegitimación de la disciplina histórica.

Es lamentable constatar de esta manera como el problema de la deslegitimación y perdida de importancia de la enseñanza y difusión de la historia ha afectado en los últimos tiempos no solo la difusión de la misma; de hecho este desinterés afecta la propia producción historiográfica que se produce mal que bien y de manera heroica en sus centros de investigación. La precarización de la enseñanza de la historia fuera de los círculos especializados precariza también la producción de la calidad de conocimiento histórico dentro de esos círculos especializados y lo relega más del campo de la prioridades sociales en la acumulación del capital, objetivo en que se halla embarcado la sociedad peruana desde hace dos décadas. La deslegitimación de la enseñanza de la historia no se limita sin embargo a afectar el prestigio de la historia como tal, sino que afecta a la propia producción historiográfica nacional que como decía es de por si muy precaria, y conspira en términos generales al descenso de la cultura general de la sociedad, especialmente entre los futuros profesionales de otras carreras que son ahora según la ideología hegemónica los llamados a conducir los destinos del país. Hoy la historia no es una disciplina respetada, no es vista como una necesidad específica en la formación superior, menos aún, no es vista como una disciplina que pueda tener espacios de referencia y de consideración en los debates públicos. No hay páginas centrales en los medios escritos, tampoco hay bloques especiales en los programas de televisión, no tiene un lugar propio para expresar pareceres “sensatos” y, menos aún, no es relevante para contribuir en la formación de una opinión pública mínimamente informada.

Vista desde esta realidad, la responsabilidad de la ANH es más un síntoma que una expresión de una crisis profunda de lo deslegitimado que anda la Historiaen estos días como disciplina. La historia no está ni siquiera como tema de debate en los asuntos que atañen tanto a quienes hemos intentado ejercer la profesión en tanto historiadores, como a la calidad de la enseñanza de la misma en las universidades públicas y privadas que la tienen como carreras profesionales[3] o, peor aún, entre las carreras técnicas y empresariales que promueven hoy las nuevas universidades “emprendedoras”. Al mismo tiempo, esta crisis expresa un grave problema de distanciamiento de los profesionales dela Historia, sea de la ANH como de los círculos universitarios, con respecto a la escasa presencia y la adecuada difusión o enjuiciamiento de la enseñanza de la historia en las escuelas primarias y secundarias. El hecho mismo de no tener una activa presencia en temas cruciales como es el Colegio de Historiadores, o su silencio sobre la devolución del patrimonio cultural, saqueado por extranjeros, o su nulo pronunciamiento sobre temas controversiales en la historiografía y, al mismo tiempo, su absoluta ausencia para entrar a los debates públicos con otros “especialistas de la memoria” y con los propios políticos, que buscan manejar el tema de la memoria a su antojo, señala ante todo las profundas si es que no irresponsables ausencias y silencios de las instituciones universitarias nacionales, que se han mostrado totalmente inoperantes para ejercer de manera pública debates y confrontaciones sobre los temas de la memoria y las políticas que deberían conducirlas. Lo más grave en este escenario es sin embargo el total alejamiento y la precarización de todo un régimen de enseñanza superior, que ha reducido transversalmente la enseñanza y difusión de la historia por afanes meramente comerciales e ideológicos, especialmente de quiénes celebran la futilidad de las humanidades frente al requerimiento de hacer dinero, lucrando con las expectativas de la población para tener una carrera profesional “rentable” y con una imagen de éxito, basado en la ignorancia de las realidades socioculturales que bloquean la posibilidad de manejar diversidades, desigualdades y conflictos que aquejan hoy al modelo de sociedad que se está intentando construir.

Si hoy nos lamentamos que la ANH no cumple un papel cabal en el sistema de producción académica, amarrado a las necesidades y demandas de toda una sociedad, creo que es relevante señalar también los defectos de un “sistema académico” de formación de investigadores y de enseñanza, que no ha sido capaz de difundir con un mismo nivel de rigurosidad, en las viejas y nuevas universidades e instituciones superiores que ofertan el éxito a granel, una percepción verídica de los hechos y procesos que han atravesado al país en su historia. Como señalé anteriormente, hoy están surgiendo universidades que están reduciendo y precarizando la enseñanza y difusión de la historia como un relleno formal en sus programas de estudios superiores, con el agravante de que esa precariedad se está transversalizando en todas las carreras y universidades, con un inadecuado manejo de la disciplina por los promotores universitarios, muchos de ellos empresarios que no cuentan con un mínimo criterio de lo que significa la historia y que, peor aún, cuentan con el aval de la Asamblea Nacionalde Rectores (ANR), produciendo a la larga una generación de profesionales seguramente competentes en sus desempeños técnicos y normativos pero altamente descerebrados para la comprensión de una sociedad compleja y conflictiva. Todo esto sin menoscabo que los especialistas en la materia y las instituciones que enseñan la historia como profesión, se hayan pronunciado para nada sobre este tema. Las universidades que enseñan la carrera de historia han guardado un sepulcral y gélido silencio sobre esta situación. El repliegue de la ANHde sus tareas fijadas hace más de un siglo, no es solo un problema de un patriarca institucional jubilado de la disciplina histórica, es el repliegue absoluto de las instituciones generadoras de las profesiones históricas y de la poca pero aún subsistente “historiografía” que se hace en el país,[4] la misma que le está restando legitimidad para vislumbrar cuál es el  accidentado camino por donde debemos transitar para no caer en los viejos errores del pasado que continua y repetidamente nos asolan.


[1] Movimiento porla Amnistía y Derechos Fundamentales, organización que reivindica la amnistía de todos los actores que participaron en la guerra interna de Perú entre 1980 y el 2000 y cometieron delitos contra los derechos humanos incluyendo los de lesa humanidad: terroristas, militares y miembros de las organizaciones de autodefensa incluyendo a políticos.

[2] Véase el origen y la función de esta institución creada primero como Instituto Histórico del Perú expresada luego como Academia Nacional de Historia en Ruly Olortegui Vaquerizo ‘“La conservación de las antigüedades”. El patrimonio cultural en el Perú.  Discurso, debates y propuestas. 1900-1921” En Dino León Fernández, Alex Loayza Pérez y Marcos Garfias Dávila. Trabajos de historia. Religión, cultura y política en el Perú, siglos XVII- XX. Lima. Fondo editorial dela UNMSM. Pp. 245-272.

[3] En este caso me refiero a las universidades comola Universidad Nacional Mayor de San Marcos,la Universidad Nacional Federico Villarreal,la Universidad Nacional de Trujillo,la Universidad Nacional San Agustín de Arequipa,la Universidad Nacional San Antonio de Abad del Cusco,la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga (públicas) yla Universidad Nacional de Piura yla Pontificia Universidad Católica del Perú (privadas) que ofertan la carrera de historiadores. En la PUCP en tanto universidad privada ha intentado conservar espacios propios para un desarrollo académico y de difusión sostenido pero paradójicamente muchos de sus más encumbrados miembros son parte de lo que hoy criticamos enla ANH y tienen una más amplia cobertura mediática y presencial en las instituciones públicas y privadas.

[4] Sobre los alcances y límites de esta actitud heroica en la historiografía por lo menos en una universidad nacional como es la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que intenta salir adelante con sus propios y escasos recursos, se puede ver el texto de Alex Loayza “Notas sobre la historiografía  en la Universidad San Marcos después de la “Nueva Historia”. En Dino León, Alex Loayza y Marcos Garfías Op. Cit.

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El Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y las Fuentes de la Revolución en América Latina


Autor:  Mario Miguel Meza Bazán.

Texto leído para la defensa de la tesis doctoral en Historia en El Colegio de México en México DF el 18 de enero del 2012 ante el jurado conformado por el doctor Francisco Zapata Schaffeld (Presidente), el doctor Marco Palacios Rozo (Primer Vocal) y el doctor Ariel Rodíguez Kuri (Vocal Secretario).

1.- El tema: la tesis nació en el contexto de los estudios de la violencia política y la lucha armada entre los movimientos de izquierda radical posterior ala RevoluciónCubana en América Latina.  En Perú este fenómeno está vinculado también con otros hechos y procesos, que corresponden a su propia historia nacional. En la parte introductoria de esta tesis he asociado la violencia y la política en América Latina contemporánea y/o moderna, con procesos que se remontan a hechos de larga duración, y que tienen que ver: con la constitución de los Estados Nacionales; la constitución de sus formas políticas institucionales a través del conflicto y la violencia; el significado de la legitimidad de la violencia entre determinadas prácticas políticas, entre las que destaca el papel de los regimenes autoritarios y dictaduras civiles y/o militares; la introducción de ideologías y organizaciones de izquierda, entre las que destacan también los partidos nacionales y socialistas antioligáquicos y antiimperialistas, con alguna raigambre popular (populismos) o entre determinadas elites. Otros elementos que emergen en la tesis es la introducción y el aprendizaje de la política comunista y las vinculaciones de estos movimientos de izquierdas con la política de masas; la incorporación de las Fuerzas Armadas (FFAA) en la construcción de lo nacional; y, finalmente, como todos estos elementos, que han venido a construir un tipo de práctica específica de la política insurreccional latinoamericana, se halla concentrada en un solo caso específico en Perú: el llamado Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, más conocido por sus siglas como MRTA.

El Colegio de México

2.-  Desde esta perspectiva, la tesis se inscribe dentro de esa serie de estudios sobre la violencia política peruana en las décadas de 1980 y 1990, que enfatizan la descripción del fenómeno de la violencia política como procesos y hechos acontecimentales en un contexto histórico mayor. Sin embargo y al revés de esos estudios, la tesis se concentra en exponer una historia política no contada con precisión por quiénes estudian la violencia política peruana. Usualmente se presupone que la insurrección del MRTA está inscrita en una coyuntura marcada por la violencia política o la guerra interna habida entre el Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso (PCP SL), el Estado y la sociedad civil en medio. El MRTA es solo un agregado irrelevante en esta historia “oficial” de la violencia política o guerra interna. En esta tesis el estudio del MRTA es el estudio de un movimiento armado de la izquierda radical no senderista que posee los rasgos de una violencia política específica vinculado a los patrones políticos y culturales de la violencia política en el Perú y en el continente latinoamericano entre 1980 y 1997. En otras palabras, la historia del MRTA no es una historia menor de la guerra interna en el país o un caso más de la larga lista de movimientos armados en el continente, es una historia política de la guerra y la violencia en el Perú con raíces en un contexto cultural latinoamericano de la violencia.

3.- En este escenario historiográfico, la violencia política peruana expuesta en la tesis resalta el significado de las tradiciones insurreccionales como decisivas en el moldeamiento de los grupos armados. Desde los jóvenes apristas insurrectos y comunistas radicales en las décadas de 1930 y 1940; la renuncia y el desencanto de estas jóvenes generaciones izquierdistas de sus partidos madres; el impacto y la recuperación por esas tradiciones insurreccionales con las luchas armadas  guerrilleras de 1960; y, la necesidad de los militares por transformar la nación bajo la legitimidad de una “revolución  nacionalista” con ingredientes movilizadores populistas, se procesa el impacto paradójico y profundo de las reformas velasquistas que posibilitaron el ensanchamiento del espacio para las izquierdas junto con una persistencia de estos movimientos por una vocación insurreccional en la política peruana (la tradición insurreccional), que llevó a las propias FFAA a legitimar por sus acciones más que sus palabras el significado del término revolución. La revolución entendida como acción armada justa y transformadora de la sociedad hegemónica y dominante de las clases altas u oligárquicas. En este contexto, proponemos que el peso de las tradiciones insurreccionales puso a prueba no solo a las izquierdas insurreccionales que se levantaron en armas en 1980, sino a todas las izquierdas legales que apostaron ese año por la lucha electoral hasta su derrota en la década de 1990.  También enfatizamos en la tesis la propuesta de la existencia de un espacio cultural revolucionario que trascendió algunas generaciones desde la década de 1930, y que concluyó en 1990 con la derrota del PCP SL, el MRTA y de las propias izquierdas legales.

4.- Desde estos puntos de vista iniciales planteamos como hipótesis que la existencia de esa persistente tradición insurreccional en la  política peruana, encontró con las transiciones del régimen militar postvelasquista a la democracia de 1980, elementos que potenciaban más esa tradición. Entre esos elementos podemos encontrar la amenaza de retroceso a las reformas velasquistas y persecuciones del régimen militar postvelasquista al movimiento laboral sindicalizado a fines de la década de 1970 y principios de 1980, el reactivamiento y potenciamiento de las viejas tradiciones insurreccionales en países de Centro y Sudamérica y, especialmente, el surgimiento de un movimiento armado como fue el PCP Sendero Luminoso en 1980. Entre ambos procesos: tradiciones insurreccionales y amenazas a las izquierdas y a los sectores sindicales en la transición, el factor insurreccional senderista se sobrepuso a todas las coyunturas de crisis de las reformas y amenazas a las izquierdas, las mismas que empujaron a diferentes grupos, militantes e individuos simpatizantes con la acción armada no a incorporarse a PCP SL, que venía de otras realidades geográficas, étnicas y culturales,  sino a continuar con la tendencia propia de izquierdas dispersas y fragmentadas para organizar la lucha armada propia.

5.- Si bien el desafío senderista puso el mayor de los desafíos a la democracia representativa y electoral que entraba además afectada por una severa crisis económica y social; el otro gran desafío de SL fue directamente hacia las izquierdas revolucionarias que terminaron, en una buena parte de los casos, transando y legitimando con su participación la validez de la democracia institucional de 1980, avalando un regimen político que decían combatir. Fue bajo esta coyuntura específica que las diversas izquierdas insurreccionales no senderistas pero creyentes en el sentido transformador de la revolución armada tomaron el desafío senderista para agruparse en el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, que saltó a la lucha armada recién en 1982. La intención del MRTA en este contexto fue hacer su propia revolución, no eliminar la revolución senderista.

6.- A partir de entonces hemos planteado entre 1982 y 1997 cuatro periodos de actuación:

A.- Insurrección y guerrillas: 1982- 1987

B.- Derrota estratégica: 1987- 1990

C.- Reconstitución política – militar: 1990- 1992, y

D.- Derrota política militar, 1992 – 1997.

Los mismos que se plantearon en varios escenarios regionales del país: en el norte (Amazonas, Cajamarca y Lambayeque) en el sur (Cusco y Puno), en el centro (Junín y Huánuco) y nor-oriente (San Martín y Ucayali) y en Lima provincias y en la ciudad capital.

7.- Las principales conclusiones que se desprenden de la tesis es que las tradiciones insurreccionales como cualquier tradición nacen, crecen, se desarrollan y se agotan; la tradición insurreccional izquierdista en Perú y América Latina caracterizadas por guerrillas y luchas armadas, no escapan como un modo de actuación política a esa situación; y sin embargo y a pesar de ello, el mantenimiento de la legitimidad de la violencia en la cultura política ha podido conservarse en otros niveles y espacios de la sociedad, tales como el carácter represivo del Estado o las luchas de diferentes actores y grupos que buscan conservar o ampliar sus espacios de poder desde diferentes capas de la sociedad. La dimensión insurreccional del MRTA expresa en este sentido un carácter lógico e histórico de una tradición política de la violencia, que se gestó en décadas como parte de una historia previa de represiones e insurrecciones. En ese contexto los aspectos más notables de una guerrilla insurreccional y revolucionaria de izquierdas como la del MRTA fue  intentar conservar un espacio diferenciado de la violencia revolucionaria con respecto a la insurrección senderista. Su diferencia en métodos, estrategias, ideologías organizacionales y en la composición misma de sus militantes y de sus liderazgos, nos señalan que el MRTA hablaba un dialecto de la revolución con respecto al idioma hegemónico y avasallador senderista. En ello se puede notar las voluntades de las organizaciones armadas para distinguirse politicamente entre sí hasta llegar en determinados momentos y espacios geográficos a enfrentarse y liquidarse mutuamente. Sin embargo habla también de las distinciones y composiciones sociales, étnicas, raciales, regionales y geográficas que primaban en las organizaciones insurreccionales por sobre las conciencias de sus militantes y lideres. A la larga, la historia del MRTA y sus distancias, acercamientos y conflictos con Sendero Luminoso, como con el propio Ejército y la población civil durante el conflicto armado interno habla de las relaciones ambiguas y ambivalentes que caracterizan la fragmentación y el conflicto que atraviesa fuertemente a la sociedad peruana. En esta dimensión podemos señalar que el principal aporte de la tesis es rescatar del olvido, la confusión y la banalización de la violencia política de un grupo armado que aunque no fue significativo por su impacto en la destrucción material y en la tasa de víctimas de la violencia interna, sostuvo una lógica específica de la violencia armada en Perú y América Latina.

Una versión sintetizada de la tesis doctoral se encuentra en el documento titulado “La experiencia insurreccional del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru” presentado en El Grupo Memoria en el local del Instituto de Estudios Peruanos el 15 de diciembre del 2011: http://es.scribd.com/doc/79597327/Mario-Meza-La-experiencia-insurreccional-del-Movimiento-Revolucionario-Tupac-Amaru También se puede encontrar en la pagina del Centro de Estudios de los Movimientos Armados (CEDEMA) http://www.cedema.org/ver.php?id=4867 y los c0mentarios, preguntas, respuestas y el debate de los participantes en la mesa del Grupo Memoria cuyo principal comentarista fue el Dr. Nelson Manrique en http://www.iep.org.pe/gm/exp_insurrec_mrta.pdf

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César Hildebrandt: “Humala se ha resignado a gerentear el Perú”


Las decepciones son mayores cuando las esperanzas son más intensas. A pesar de que la segunda vuelta obligaba a Ollanta Humala a la moderación y a la búsqueda de consensos, era obvio que quienes votaron por él conservaron la expectativa de que un gobierno suyo iba a traer algunos cambios cualitativos. De eso se trataba, precisamente, la pelea política y moral con Keiko Fujimori.

Esa esperanza de cambios ha terminado.

En un proceso semejante a la progeria, esa enfermedad que envejece a los niños a la velocidad del infortunio, Humala se ha resignado a gerentear el Perú.

El poder económico ha hecho con él lo que logró hacer con casi todos: ensillarlos, adobarlos, engullirlos. Al empresario salitrero Billinghurst no lo pudieron convertir en sirviente y por eso le dieron un golpe de Estado. Al general Velasco no lo pudieron asustar y por eso lo han convertido en el demonio temido al que hay que seguir aporreando desde sus medios de comunicación.

Todos los demás entraron al redil.

Húmala acaba de hacerlo a paso redoblado.

La declaratoria del estado de emergencia cuando se estaba a punto de llegar a un acuerdo no sólo dejó mal parado a Salomón Lerner sino que fue un mensaje hacia el futuro: los acuerdos son peligrosos cuando uno no está dispuesto a cumplirlos, mejor es militarizar “las ciudades alzadas”.

Cajamarca no es una villa levantisca. Cajamarca está harta de esa minería avariciosa que todo lo enmugra con sus ácidos, sus humos ponzoñosos, su dinástica mierda.

Cajamarca no está contra la minería que respeta y concede. Está en contra de ese antro aurífero, colonialmente prepotente, llamado Yanacocha.

Ahora Cajamarca es una ciudad tomada “por las fuerzas del orden”.

¿De qué orden?

Del orden tal como lo entiende la derecha pre Gutenberg peruana. Es decir, palo y bala si es necesario con tal de que nadie se oponga a nuestro destino de vendedores de rocas molidas. Y palo y bala para los que osen enfrentarse a 200 años de desprecio.

Húmala es nuestro nuevo Zelig. Habla como Sánchez Cerro, actúa como Alan García, decide como lo hubiera hecho Luis Bedoya. Ya ni siquiera disimula, lo cual, en efecto, es un mérito. Caída la máscara del reformador, apagadas las luces del centrista, Húmala marcha a paso ligero a ser el albacea del modelo que aquí impuso una banda de delincuentes cuyo cabecilla tiene una sentencia de 25 años por delitos de lesa humanidad. Que Húmala se prepare para otros Cajamarcas. Si cree que va a intimidar actuando como un matón que ordena detener durante diez horas, sin mandato judicial alguno, a dirigentes que salían de una cita en el Congreso, se equivoca.

Si cree que invirtiendo 500 millones de soles en infraestructura (mientras congela, irregularmente, las finanzas del gobierno regional) va a comprar a Cajamarca, se equivoca dos veces.

Y si cree que los aplausos de la derecha y su plebe amaestrada suponen un veredicto popular, se equivoca tres veces.

Saldrá este fin de semana una encuesta que dirá que su popularidad ha aumentado, señor Húmala. No se la crea. Detrás de esas cifras está la verdad. La rabia polvorienta de los pueblos que se sienten fuera de toda inclusión política no la miden las encuestas, que a Fujimori también le sonreían.

No les crea, señor Húmala, a los incondicionales que le dicen que usted ha recuperado la autoridad. Eso le decía El Comercio a Sánchez Cerro cuando mandaba bombardear Trujillo, y a Odría, cuando mandaba matar a Negreiros. La historia del Perú está plagada de ovaciones siniestras venidas desde los palcos. Los éxitos “del orden” siempre serán provisorios cuando la meta no es hacer justicia sino durar, congraciarse con los inversionistas mineros, ser plausible para los de siempre.

Era justo borrar a Conga de la cartera de proyectos mineros. No sólo porque es incompatible con la agricultura y la conservación de recursos hídricos de la zona sino porque su Estudio de Impacto Ambiental era, como lo demostró el ex viceministro José de Echave, maliciosamente incompleto. Y porque, además, Conga es hija de Yanacocha, una empresa que ha hecho todo lo posible para que los cajamarquinos la odien y le teman.

Ahora usted repite a Alan García con eso de que el suelo es privado pero el subsuelo es del Estado. Es un argumento tan indigno, intelectualmente tan mísero, que debería avergonzar a quien lo esgrima.

Vayamos al absurdo: ¿Y si mañana unos exploradores chinos o canadienses descubren, en las proximidades de Machu Picchu, un millón de toneladas de oro y varios trillones de metros cúbicos de gas? ¿Nos deshacemos de la zona de amortiguamiento de Machu Picchu? ¿Ponemos en peligro esa maravilla? No, ¿verdad?

Machu Picchu, al fín y al cabo, es el testimonio de una civilización que tuvo una relación amistosa con el medio ambiente. ¿Y por qué el pasado, por más majestuoso que sea, puede resultar más respetable que los límpidos presentes de una región que vive hace siglos de producir cosas fragantes que se comen?

Para llegar al subsuelo hay que perforar los suelos, abatir las propiedades, cambiar los paisajes, matar aguas. Decirle a Cajamarca que el suelo es suyo pero el subsuelo es “nuestro”, es decirle que el suelo no es suyo y que está expuesto a la voracidad minera y a la complicidad del Estado con los poderes fácticos.

Somos una república unitaria, pero no somos una dictadura unitarista. Somos un país, no un cuartel. Y usted prometió (tengo las grabaciones respectivas) aguas y lagunas conservadas para Cajamarca, un nuevo país para los que han esperado tanto, cambios y reformas en los contratos de inversión que, tomando como base el interés público, así lo requirieran.

Presidente Húmala: no crea que es usted muy original. Tiene usted una ascendencia histórica abundante, aquí y en América Latina.

Y a usted, que ahora profesa tan auténtica amistad por Chile, le contaré brevemente la historia de Gabriel González Videla, un probable clon suyo que gobernó a nuestro amable vecino del sur.

González Videla llegó al poder en Chile en 1946. Logró eso porque contó con el apoyo de un frente popular que incluía al poderoso Partido Comunista de Chile. Y obtuvo el respaldo de ese frente, que incluía al Partido Radical, porque prometió un Chile nuevo y más justo.

Pues bien, la presión de los conservadores, las amenazas de Washington (un diálogo con Truman fue decisivo), la falsedad o endeblez de sus convicciones empujaron a González Videla a reprimir salvajemente las huelgas de mineros que reclamaban mejores salarios y a quienes él, precisamente, había prometido nuevas perspectivas y trato más digno. De inmediato, dictó la famosa Ley de Defensa Permanente de la Democracia, declaró al Partido Comunista ilegal, censuró las publicaciones de izquierda y convocó a conservadores y liberales a integrar un gabinete que se llamó “de concentración nacional”. Pablo Neruda, que en ese entonces era senador por el Partido Comunista, fue perseguido, vivió durante meses en la clandestinidad y, al final, penosamente, por tierra, pudo salir en secreto de Chile.

En su Canto General, Neruda escribió estas líneas bajo el título “González Videla”: “…En Chile no preguntan, los puños hacia el viento, los ojos en las minas se dirigen a un punto, a un vicioso traidor que con ellos lloraba, cuando pidió sus votos para trepar al trono… A mi pueblo arrancó su esperanza, sonriendo, la vendió en las tinieblas a su mejor postor, y en vez de casas frescas y libertad lo hirieron, lo apalearon en la garganta de la mina, le dictaron salario detras de una cureña, mientras una tertulia gobernaba bailando con dientes afilados de caimanes nocturnos”. En el Perú no tenemos, fatalmente, a un Neruda. Pero quizá hemos empezado a tener a un González Videla.

Alguien que pierde los ideales, un gobierno que abandona su esencia, un horizonte de bala y pragmatismo, la política hecha medición de PBI y aplauso de las agencias de calificación de riesgo, ¿qué son, qué galaxia de sentido forman? El fenómeno tiene un nombre: es la derrota de la inteligencia y el triunfo de la administración.

Fuente: http://lamula.pe/2011/12/11/cesar-hildebrandt-humala-se-ha-resignado-a-gerentear-el-peru/claudiapollo

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