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La Academia Nacional de Historia, los historiadores y la deslegitimación de la enseñanza de la historia en el Perú


Mario Meza.

Historiador

Las notas que salen a continuación responden al artículo que Jorge Moreno Matos publicó el 9 de febrero en su blog El Reportero de la Historia y que tituló “¿Para qué una Academia Nacional de Historia?” http://www.reporterodelahistoria.com/2012/02/para-que-una-academia-nacional-de-la.html Allí Jorge menciona tres motivos de la obsolescencia y el desfase de la Academia Nacional de Historia (de ahora en adelante ANH) con respecto a las necesidades del país. Él señala que hay una ausencia de “opinión iluminadora” o de “juicios y sanciones” de la ANH para el uso y abuso de la profesión y la disciplina histórica en el país; también señala la ausencia de una efectiva y real vida académica conectada a las necesidades de quiénes ejercemos la profesión y el oficio del historiador; y, por último, remacha estas ausencias con el hecho de su absoluto desinterés por promover una efectiva presencia de la historia en la sociedad. Como dice Jorge, la ANH se ha limitado a ser una “abuela jubilada” en la agitada vida de nuestra sociedad con el agravante de que las demandas que ahora se hacen a la disciplina histórica para examinar determinados asuntos que le interesan no son asumidos por ella, afectando de paso la propia legitimidad de las ciencias históricas en el país. Y pone como ejemplos la ausencia de la ANH en la conveniencia o no del Colegio Profesional de Historiadores; la reivindicación de personajes cuestionados por sus acciones ilegales y antiéticas; la apertura de visiones revisionistas que buscan legitimar, deslegitimar o relegitimar rectificando, tergiversando, pervirtiendo o corrigiendo la percepción de un pasado que quiérase o no afecta la memoria, especialmente oficial de un país, tales como la reivindicación de Miguel Iglesias, el replanteo de las dictaduras y de dictadores como Leguía, Velasco y Fujimori; o cuestionando la naturaleza y el impacto de la violencia política de Sendero Luminoso y el retoño de su brazo político legal llamado MOVADEF.[1]

Cabe preguntarse en la dirección planteada por Jorge, si todos los cuestionamientos que acertadamente señala tienen que ver solo y exclusivamente con la performance de una institución creada en 1906 para custodiar la memoria oficial de la nación, a través de prominentes intelectuales y académicos encargados de decirnos como fue el pasado del país.[2] A estas alturas resulta evidente quela ANH está tan desfasada y distanciada de las necesidades y demandas reales de una sociedad, tan compleja y altamente conflictiva, no solo por las distancias que esta institución se ha impuesto con el presente, sino incluso en la manera de cómo miran el pasado. En los últimos tiempos se ha insistido y con mucha razón desde las esferas oficiales del gobierno y del Estado, y más aún entre los llamados lideres de opinión, las profundas deficiencias y vacíos que han aquejado  no solo a la historia como disciplina académica profesional en los centros de formación de historiadores (ergo las universidades). En el mejor de los casos esto sería por un lado una crítica al ejercicio neto y exclusivamente memorístico y erudito de la materia, que encadena muy poco del pasado con los problemas de la sociedad actual; pero por otro lado, soslaya en el peor de los casos la importancia de estas carreras y, en general de las humanidades y ciencias sociales, por estar inundadas por una excesiva percepción  ideologizada de la realidad, con enfoques poco documentados y altamente politizados, que resultan bastante funcionales para afianzar clientelas y camarillas de poder en las universidades pero no para mejorar la calidad académica de la disciplina histórica.

En la realidad de la disciplina histórica sin embargo hay que resaltar otro aspecto que los historiadores generalmente no tomamos en cuenta, y es la manera como esta se enseña y difunde especialmente en las escuelas y en las instituciones de enseñanza superior. Esta situación ha tendido a hacerse más grave cuando esas mismas instituciones de educación superior, especialmente las nuevas universidades “empresas” y/o “técnicas”, se han limitado a rellenar con cursos de historia y en general de humanidades, como una manera formal y ritual de cumplir con las normas y exigencias que imponen la enseñanza de los cursos de historia, sea para  un programa de bachillerato o sea para uno de licenciatura, exigiendo al mismo tiempo un esfuerzo de los profesores (historiadores o no) para minimizar si es que no caricaturizar y precarizar los contenidos de la historiografía, con el fin de hacerlos fácilmente digeribles y aprobables a sus estudiantes. Si esta manera de hacer cumplir la labor docente entre los historiadores, supuestamente capacitados para investigar, producir y difundir producción científica e intelectual, en si mismo altamente precario en un país donde la investigación se encuentra por debajo de los estándares internacionales de recursos para la producción y difusión de conocimientos de calidad, entonces estamos ante el fomento interesado y manifiesto desde determinadas elites empresariales para crear “discapacidades” en la producción, difusión y enseñanza de la historia, agravando la deslegitimación de la disciplina histórica.

Es lamentable constatar de esta manera como el problema de la deslegitimación y perdida de importancia de la enseñanza y difusión de la historia ha afectado en los últimos tiempos no solo la difusión de la misma; de hecho este desinterés afecta la propia producción historiográfica que se produce mal que bien y de manera heroica en sus centros de investigación. La precarización de la enseñanza de la historia fuera de los círculos especializados precariza también la producción de la calidad de conocimiento histórico dentro de esos círculos especializados y lo relega más del campo de la prioridades sociales en la acumulación del capital, objetivo en que se halla embarcado la sociedad peruana desde hace dos décadas. La deslegitimación de la enseñanza de la historia no se limita sin embargo a afectar el prestigio de la historia como tal, sino que afecta a la propia producción historiográfica nacional que como decía es de por si muy precaria, y conspira en términos generales al descenso de la cultura general de la sociedad, especialmente entre los futuros profesionales de otras carreras que son ahora según la ideología hegemónica los llamados a conducir los destinos del país. Hoy la historia no es una disciplina respetada, no es vista como una necesidad específica en la formación superior, menos aún, no es vista como una disciplina que pueda tener espacios de referencia y de consideración en los debates públicos. No hay páginas centrales en los medios escritos, tampoco hay bloques especiales en los programas de televisión, no tiene un lugar propio para expresar pareceres “sensatos” y, menos aún, no es relevante para contribuir en la formación de una opinión pública mínimamente informada.

Vista desde esta realidad, la responsabilidad de la ANH es más un síntoma que una expresión de una crisis profunda de lo deslegitimado que anda la Historiaen estos días como disciplina. La historia no está ni siquiera como tema de debate en los asuntos que atañen tanto a quienes hemos intentado ejercer la profesión en tanto historiadores, como a la calidad de la enseñanza de la misma en las universidades públicas y privadas que la tienen como carreras profesionales[3] o, peor aún, entre las carreras técnicas y empresariales que promueven hoy las nuevas universidades “emprendedoras”. Al mismo tiempo, esta crisis expresa un grave problema de distanciamiento de los profesionales dela Historia, sea de la ANH como de los círculos universitarios, con respecto a la escasa presencia y la adecuada difusión o enjuiciamiento de la enseñanza de la historia en las escuelas primarias y secundarias. El hecho mismo de no tener una activa presencia en temas cruciales como es el Colegio de Historiadores, o su silencio sobre la devolución del patrimonio cultural, saqueado por extranjeros, o su nulo pronunciamiento sobre temas controversiales en la historiografía y, al mismo tiempo, su absoluta ausencia para entrar a los debates públicos con otros “especialistas de la memoria” y con los propios políticos, que buscan manejar el tema de la memoria a su antojo, señala ante todo las profundas si es que no irresponsables ausencias y silencios de las instituciones universitarias nacionales, que se han mostrado totalmente inoperantes para ejercer de manera pública debates y confrontaciones sobre los temas de la memoria y las políticas que deberían conducirlas. Lo más grave en este escenario es sin embargo el total alejamiento y la precarización de todo un régimen de enseñanza superior, que ha reducido transversalmente la enseñanza y difusión de la historia por afanes meramente comerciales e ideológicos, especialmente de quiénes celebran la futilidad de las humanidades frente al requerimiento de hacer dinero, lucrando con las expectativas de la población para tener una carrera profesional “rentable” y con una imagen de éxito, basado en la ignorancia de las realidades socioculturales que bloquean la posibilidad de manejar diversidades, desigualdades y conflictos que aquejan hoy al modelo de sociedad que se está intentando construir.

Si hoy nos lamentamos que la ANH no cumple un papel cabal en el sistema de producción académica, amarrado a las necesidades y demandas de toda una sociedad, creo que es relevante señalar también los defectos de un “sistema académico” de formación de investigadores y de enseñanza, que no ha sido capaz de difundir con un mismo nivel de rigurosidad, en las viejas y nuevas universidades e instituciones superiores que ofertan el éxito a granel, una percepción verídica de los hechos y procesos que han atravesado al país en su historia. Como señalé anteriormente, hoy están surgiendo universidades que están reduciendo y precarizando la enseñanza y difusión de la historia como un relleno formal en sus programas de estudios superiores, con el agravante de que esa precariedad se está transversalizando en todas las carreras y universidades, con un inadecuado manejo de la disciplina por los promotores universitarios, muchos de ellos empresarios que no cuentan con un mínimo criterio de lo que significa la historia y que, peor aún, cuentan con el aval de la Asamblea Nacionalde Rectores (ANR), produciendo a la larga una generación de profesionales seguramente competentes en sus desempeños técnicos y normativos pero altamente descerebrados para la comprensión de una sociedad compleja y conflictiva. Todo esto sin menoscabo que los especialistas en la materia y las instituciones que enseñan la historia como profesión, se hayan pronunciado para nada sobre este tema. Las universidades que enseñan la carrera de historia han guardado un sepulcral y gélido silencio sobre esta situación. El repliegue de la ANHde sus tareas fijadas hace más de un siglo, no es solo un problema de un patriarca institucional jubilado de la disciplina histórica, es el repliegue absoluto de las instituciones generadoras de las profesiones históricas y de la poca pero aún subsistente “historiografía” que se hace en el país,[4] la misma que le está restando legitimidad para vislumbrar cuál es el  accidentado camino por donde debemos transitar para no caer en los viejos errores del pasado que continua y repetidamente nos asolan.


[1] Movimiento porla Amnistía y Derechos Fundamentales, organización que reivindica la amnistía de todos los actores que participaron en la guerra interna de Perú entre 1980 y el 2000 y cometieron delitos contra los derechos humanos incluyendo los de lesa humanidad: terroristas, militares y miembros de las organizaciones de autodefensa incluyendo a políticos.

[2] Véase el origen y la función de esta institución creada primero como Instituto Histórico del Perú expresada luego como Academia Nacional de Historia en Ruly Olortegui Vaquerizo ‘“La conservación de las antigüedades”. El patrimonio cultural en el Perú.  Discurso, debates y propuestas. 1900-1921” En Dino León Fernández, Alex Loayza Pérez y Marcos Garfias Dávila. Trabajos de historia. Religión, cultura y política en el Perú, siglos XVII- XX. Lima. Fondo editorial dela UNMSM. Pp. 245-272.

[3] En este caso me refiero a las universidades comola Universidad Nacional Mayor de San Marcos,la Universidad Nacional Federico Villarreal,la Universidad Nacional de Trujillo,la Universidad Nacional San Agustín de Arequipa,la Universidad Nacional San Antonio de Abad del Cusco,la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga (públicas) yla Universidad Nacional de Piura yla Pontificia Universidad Católica del Perú (privadas) que ofertan la carrera de historiadores. En la PUCP en tanto universidad privada ha intentado conservar espacios propios para un desarrollo académico y de difusión sostenido pero paradójicamente muchos de sus más encumbrados miembros son parte de lo que hoy criticamos enla ANH y tienen una más amplia cobertura mediática y presencial en las instituciones públicas y privadas.

[4] Sobre los alcances y límites de esta actitud heroica en la historiografía por lo menos en una universidad nacional como es la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que intenta salir adelante con sus propios y escasos recursos, se puede ver el texto de Alex Loayza “Notas sobre la historiografía  en la Universidad San Marcos después de la “Nueva Historia”. En Dino León, Alex Loayza y Marcos Garfías Op. Cit.

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