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¿Solos o (mal) acompañados? Los dilemas para construir una izquierda viable y radical en el Perú


Mario Meza Bazán.

Aprovecho el artículo de Hernán Maldonado para introducirme a un debate que se ha planteado con Juan Carlos Ubilluz; y, en la columna de Antonio Zapata,[1] acerca de las posibilidades electorales de la izquierda en el Perú, especialmente para las que se vienen en las elecciones presidenciales y del congreso en el 2016. Entre los principales puntos que se debaten aparecen:

1° La situación de fragmentación y debilidad de las diferentes expresiones políticas y sociales que se consideran de izquierda.

2° Las oportunidades que representan hoy los movimientos sociales en auge en provincias, que se enfrentan a los capitales transnacionales por el tema medioambiental; y, al cuestionamiento de las formas políticas de la clase política tradicional, que desde hace 25 años, ha encontrado en Lima, por ejemplo, un referente para la oposición a la gestión del alcalde Luis Castañeda Lossio.

3° La viabilidad de que haya en esa oportunidad de unificación por motivos electorales y en menor medida por convergencia política, la posibilidad de obtener si no buenos resultados por lo menos resultados satisfactorios, que levanten una auténtica posibilidad y esperanza de cambio en la conducción política de este país.

Hay un consenso entre los tres analistas sobre la fragmentación como un síntoma de debilidad del actual del proceso político de la izquierda peruana. Para Ubilluz, éste debería ser el momento para replantear las posibilidades de reconstitución de una izquierda con ideas genuinas de cambio en la política peruana, teniendo como punto de partida la soledad de la radicalidad que a la larga se convierta en una antorcha que amplifique perspectivas para una izquierda anquilosada por las continuas frustraciones de candidaturas que “traicionaron” la voluntad popular delegada en las ánforas en favor de una “democracia administrada” por los grandes poderes económicos. Claro, la soledad a la que se refiere Ubilluz es la política, porque por lo menos uno de los logros que ha conseguido, por ejemplo, Tierra y Libertad es crear desde el movimiento social medio ambientalista una conciencia ecológica, que le dará consistencia política en el largo plazo como fórmula de cambio alternativo.

Por otro lado, se presenta la posición de Antonio Zapata, que desde un planteamiento opuesto, considera que la suma de las minorías, por más consistentes que sean, no podrían alcanzar el mínimo de la opción realista que debe presidir siempre el ejercicio de la política: la obtención del poder. Desde esa perspectiva, plantea que las posibilidades de una minoría no han comulgado bien con ese agente mayoritario en el Perú desde la segunda mitad del siglo XX, y que ha venido inclinando la balanza de las diferentes elecciones en los últimos 35 años, que es el sector mestizo o popularmente cholo de la población. Desde esa perspectiva resultaría razonable que las diferentes agendas que hoy se manejan desde una mirada izquierdista, como son la reivindicación de la dignidad y la igualdad, se constituyan en elementos claves que cohesionen todas las demandas sociales, indigenistas, regionalistas, urbanas y de clases medias en un solo bloque mayoritario, capaz de derruir a los sectores oligárquicos de la sociedad.

Desde una tercera mirada, y complejizando ambas posturas, Hernán Maldonado plantea las dificultades para mantenerse en una postura principista, que no pocas veces ha derivado en posiciones sectarias y moralistas en el seno de la izquierda, pero que parece se hacen más intensas en el Perú de los últimos años. No es el caso de la dirigencia de Tierra y Libertad, pero sí de sectores que han mostrado rechazos a alianzas con el Frente Amplio, por ejemplo, por el tema del liderazgo en la Confluencia por la Unidad del Frente de Izquierda (CPUFI). En todo caso, si hay un escollo en la moral públicamente impoluta de algunos sectores de izquierda para mantener un proyecto político electoral de cambio en el corto plazo, es porque no han entendido, según Maldonado, lo que significa realmente la política y, específicamente, la política secularizada. Ludolfo Paramio identificaba un impasse similar con el comunismo europeo de la década de 1980, lo que se solucionó con el colapso del bloque soviético. ¿Qué tendría que pasar en Perú para que se supere esta desconfianza por el otro?

Un problema mayor, plantea Maldonado, sería que el debate en el seno de las izquierdas (antaño llamado el campo popular) es que no se han cumplido tareas que debieron haberse hecho tras 25 años del colapso de las izquierdas: definir proyectos, debatir programas, establecer propuestas concretas, convertir a actores emergentes y no emergentes (los excluidos de la sociedad) en protagonistas de la nueva cara izquierdista en el Perú. En todo caso aquí quiero conectar las diferentes propuestas que plantean los tres autores. En principio ¿qué actores son los que se proponen? Ubilluz y Zapata plantean la más amplia gama de los excluidos tradicionalmente de la arena política principal, (lxs campesinxs y nativxs y lxs migrantes mestizxs, fuera de todos los otros grupos como homosexuales, lesbianas, etc.) ¿Qué tienen en común? Aparecen en los medios como parte del coro, los que se manifiestan en las movilizaciones, en las marchas, los que aparecen golpeados, apaleados, detenidos, abaleados, asesinados muchas veces al margen de la cámara de Tv. o que son sembrados por alguna conspiración mediática para hacerlos aparecer como violentos. ¿Hablan ellos en nombre propio o del que sufre los efectos del “sistema”? La respuesta es obvia, pero profundicemos un poco más ¿Tienen proyectos? El más común y extendido: no haber sido nada durante años, ser alguien ahora ¿Qué programa define eso? Uno que los libere de las ataduras de la opresión y la humillación de la sociedad, que está aparejado con la desigualdad en la política, en la economía, en la cultura, en la escuela, en los servicios de salud, en el trato de la policía y de la administración de justicia, en la convivencia dentro de la familia, del hogar y en las instituciones que se dicen “tutelares” de la patria. ¿Es lírico, romántico,  revolucionario poco realista? ¿No está exento de contradicciones por ambicioso y por eso poco realista políticamente? Coaligar a las clases y grupos definidos por la opresión, es en sí una utopía, pero viable, porque es establecer un discurso y un imaginario legítimo donde todos deben tener cabida, sino no hay posibilidades de aglutinación colectiva coherente. El tiempo y la cooperación o, en su defecto, la tolerancia mutua, es lo que define la pervivencia de un proyecto de este tipo, no sólo su eficacia o eficiencia. Eso lo hace históricamente viable. Hasta Alan García lo entiende así cuando habla de un Frente Republicano. ¿Se podría objetar eso? Claro que no, sólo que en el caso de García y compañía ese frente está hecho para no cambiar nada, ellos no creen en todo lo dicho hasta aquí. Otra objeción ¿acaso no se inscriben todos estos buenos deseos, que son también operativos, en los postulados de todos los partidos políticos, del Acuerdo Nacional, de las constituciones políticas abolidas y vigentes y de los discursos políticos más sosos y convencionales? Aparentemente si, pero he allí el detalle, nadie osa cumplirlo.

Entonces se puede plantear una objeción más consistente a esta política de liberación ¿por qué todo esto que aparecería como muy bueno para un público que ha escuchado en plazas y calles o en la Tv y la prensa, en resumidas cuentas, en una campaña electoral, no podría ser práctico en el mundo real? ¿No fueron acaso Toledo, Humala y hasta el mismo Fujimori en su momento, las opciones de una mayoría silenciosa que convirtió en outsiders a candidatos aparentemente comprometidos con una mirada izquierdista los que traicionaron la voluntad de sus electores por una política más realista? La supuesta falta de viabilidad de estos buenos deseos no sería tanto la concreción o la congruencia de los programas dentro de un solo proyecto colectivo como nos sugiere implícitamente Maldonado en el final de su texto, y que explicarían en última instancia las rupturas entre las izquierdas colgadas de la mochila del líder triunfante en las elecciones, sino las acciones claras de los actores políticos y sus operadores, que en representación de la más variopinta colectividad, no hacen viable estas propuestas. Es la práctica real y las acciones de los actores la que viabiliza y da sentido a la palabra, no al revés (Marx dixit). Puede haber errores de concepto, de priorización, de ejecución y hasta de omisión, pero son las acciones consecuentes con la confianza de los electores que apostarían por ese frente (algo tan escaso en los últimos años), los que mantendrían cohesionados, en una gran mayoría no solo electoral sino política, a un proyecto de izquierdas que además debería pretender ser radical. Esta “realidad”, con que nos ha golpeado tras cada elección el pensamiento único conservador, podría tener un elemento de verdad, especialmente cuando los que han llegado al poder cada cinco años por la izquierda y se van de inmediato a la derecha, terminan envueltos en las telarañas de compromisos teñidas no pocas veces de corrupción. Este regalo de cínico “realismo político” es más un presente griego de las clases políticas, y especialmente de izquierdas, que han forjado durante décadas con su vaciedad doctrinal e ideológica las supuestas inviabilidades de un programa radical de transformación. Es la inoperancia de las izquierdas para organizarse, trasmitir y enseñar sus errores y fallos en la política peruana a las colectividades que dicen representar, son ellas las que han producido con sus deslices por los fallidos liderazgos populistas, la recurrencia al “realismo” político conservador de los candidatos que llegaron al poder por la izquierda y se fueron a la derecha. Son las fallas no subsanadas por las viejas dirigencias izquierdistas, que no han  cumplido con sus tareas  políticas, ideológicas y de transmisión cultural de sus errores y victorias (si es que las hay), lo que debería y no debería hacerse en política. Llenar ese vacío de los últimos 25 años de política izquierdista es una tarea pendiente que no se ha asumido con rigor y seriedad. Querer llenar esos vacíos cada cinco años con campañas electorales confusas y al compás del discurso ideológico dominante es una burla a su electorado, es sentarse sobre todo lo que reclaman hacer para en realidad no hacer nada viable al final.

La tragedia de las izquierdas es precisamente dejar de hacer en el campo y en el tiempo largo del movimiento social las tareas de difusión y enseñanza de valores y principios que debe guiar el razonamiento básico de una izquierda radical. ¿Cuál sería la tarea fundamental de una izquierda radical en el Perú de hoy? la construcción de vocabularios y prácticas de liberación de opresión y de humillación mediante tareas de empatías y formación de solidaridades e identidades de los oprimidos, que reivindique antes que todo justicia e igualdad ante la sociedad y la ley.[2] Sobre esa base ¿se puede entender la extrema necesidad de las alianzas coyunturales en las izquierdas para la obtención del poder del Estado? No, si antes no se piensa realmente cómo ese acceso al poder puede favorecer la recomposición de una opción política viable para los perdedores del sistema. Para muestra un botón, al margen de mis simpatías o antipatías por la fenecida gestión de Susana Villarán ¿alguien podría imaginarse una movilización por una obra malhecha, como fue la del Metropolitano, entre el 2002 al 2010, con una caída estrepitosa en las encuestas del alcalde Castañeda? Algo cambió en el electorado limeño entre el 2011 y 2015. Allí hay una lección para aprender y avanzar, para retomar desde una radicalidad de izquierdas una dirección utópica de liberación.

[1] Maldonado, Hernán “La posibilidad de una isla” en Ideele Revista Nº 249 En http://revistaideele.com/ideele/content/la-posibilidad-de-una-isla; Ubilluz, Juan Carlos “No a la gran coalición de izquierda” http://revistaideele.com/ideele/content/no-la-gran-coalici%C3%B3n-de-izquierda ; Zapata, Antonio “Coalición de mayoría o suma de minorías” en La República del 06 de mayo del 2015 http://www.larepublica.pe/columnistas/sucedio/coalicion-de-mayoria-o-suma-de-minorias-06-05-2015  

[2] Muchos temas se plantean aquí desde esa óptica; por ejemplo, ¿debe existir el mercado y el Estado? Si fuese así ¿cuáles deberían ser sus roles en la sociedad? ¿cuál debería ser el compromiso del Estado frente a la sociedad; por ejemplo, con temas como el medio ambiente, la desigualdad, la inequidad, la opresión, la Globalización? ¿Qué tanto podrían hacer los movimientos sociales en auge para erosionar ciertas supuestas verdades actuales; y, cómo podrían apoyar los cambios que deben operarse dentro del Estado? Todo eso da para debates que nadie en el espectro político actual ha asumido con seriedad; y, que en las izquierdas apenas se mencionan para no molestar a los sectores conservadores, que por cierto, hoy son una mayoría relativa, empezando por el electorado fujimorista, ese otro actor político que las izquierdas no han comprendido o se han rehusado a comprender hasta hoy.

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César Hildebrandt: “Humala se ha resignado a gerentear el Perú”


Las decepciones son mayores cuando las esperanzas son más intensas. A pesar de que la segunda vuelta obligaba a Ollanta Humala a la moderación y a la búsqueda de consensos, era obvio que quienes votaron por él conservaron la expectativa de que un gobierno suyo iba a traer algunos cambios cualitativos. De eso se trataba, precisamente, la pelea política y moral con Keiko Fujimori.

Esa esperanza de cambios ha terminado.

En un proceso semejante a la progeria, esa enfermedad que envejece a los niños a la velocidad del infortunio, Humala se ha resignado a gerentear el Perú.

El poder económico ha hecho con él lo que logró hacer con casi todos: ensillarlos, adobarlos, engullirlos. Al empresario salitrero Billinghurst no lo pudieron convertir en sirviente y por eso le dieron un golpe de Estado. Al general Velasco no lo pudieron asustar y por eso lo han convertido en el demonio temido al que hay que seguir aporreando desde sus medios de comunicación.

Todos los demás entraron al redil.

Húmala acaba de hacerlo a paso redoblado.

La declaratoria del estado de emergencia cuando se estaba a punto de llegar a un acuerdo no sólo dejó mal parado a Salomón Lerner sino que fue un mensaje hacia el futuro: los acuerdos son peligrosos cuando uno no está dispuesto a cumplirlos, mejor es militarizar “las ciudades alzadas”.

Cajamarca no es una villa levantisca. Cajamarca está harta de esa minería avariciosa que todo lo enmugra con sus ácidos, sus humos ponzoñosos, su dinástica mierda.

Cajamarca no está contra la minería que respeta y concede. Está en contra de ese antro aurífero, colonialmente prepotente, llamado Yanacocha.

Ahora Cajamarca es una ciudad tomada “por las fuerzas del orden”.

¿De qué orden?

Del orden tal como lo entiende la derecha pre Gutenberg peruana. Es decir, palo y bala si es necesario con tal de que nadie se oponga a nuestro destino de vendedores de rocas molidas. Y palo y bala para los que osen enfrentarse a 200 años de desprecio.

Húmala es nuestro nuevo Zelig. Habla como Sánchez Cerro, actúa como Alan García, decide como lo hubiera hecho Luis Bedoya. Ya ni siquiera disimula, lo cual, en efecto, es un mérito. Caída la máscara del reformador, apagadas las luces del centrista, Húmala marcha a paso ligero a ser el albacea del modelo que aquí impuso una banda de delincuentes cuyo cabecilla tiene una sentencia de 25 años por delitos de lesa humanidad. Que Húmala se prepare para otros Cajamarcas. Si cree que va a intimidar actuando como un matón que ordena detener durante diez horas, sin mandato judicial alguno, a dirigentes que salían de una cita en el Congreso, se equivoca.

Si cree que invirtiendo 500 millones de soles en infraestructura (mientras congela, irregularmente, las finanzas del gobierno regional) va a comprar a Cajamarca, se equivoca dos veces.

Y si cree que los aplausos de la derecha y su plebe amaestrada suponen un veredicto popular, se equivoca tres veces.

Saldrá este fin de semana una encuesta que dirá que su popularidad ha aumentado, señor Húmala. No se la crea. Detrás de esas cifras está la verdad. La rabia polvorienta de los pueblos que se sienten fuera de toda inclusión política no la miden las encuestas, que a Fujimori también le sonreían.

No les crea, señor Húmala, a los incondicionales que le dicen que usted ha recuperado la autoridad. Eso le decía El Comercio a Sánchez Cerro cuando mandaba bombardear Trujillo, y a Odría, cuando mandaba matar a Negreiros. La historia del Perú está plagada de ovaciones siniestras venidas desde los palcos. Los éxitos “del orden” siempre serán provisorios cuando la meta no es hacer justicia sino durar, congraciarse con los inversionistas mineros, ser plausible para los de siempre.

Era justo borrar a Conga de la cartera de proyectos mineros. No sólo porque es incompatible con la agricultura y la conservación de recursos hídricos de la zona sino porque su Estudio de Impacto Ambiental era, como lo demostró el ex viceministro José de Echave, maliciosamente incompleto. Y porque, además, Conga es hija de Yanacocha, una empresa que ha hecho todo lo posible para que los cajamarquinos la odien y le teman.

Ahora usted repite a Alan García con eso de que el suelo es privado pero el subsuelo es del Estado. Es un argumento tan indigno, intelectualmente tan mísero, que debería avergonzar a quien lo esgrima.

Vayamos al absurdo: ¿Y si mañana unos exploradores chinos o canadienses descubren, en las proximidades de Machu Picchu, un millón de toneladas de oro y varios trillones de metros cúbicos de gas? ¿Nos deshacemos de la zona de amortiguamiento de Machu Picchu? ¿Ponemos en peligro esa maravilla? No, ¿verdad?

Machu Picchu, al fín y al cabo, es el testimonio de una civilización que tuvo una relación amistosa con el medio ambiente. ¿Y por qué el pasado, por más majestuoso que sea, puede resultar más respetable que los límpidos presentes de una región que vive hace siglos de producir cosas fragantes que se comen?

Para llegar al subsuelo hay que perforar los suelos, abatir las propiedades, cambiar los paisajes, matar aguas. Decirle a Cajamarca que el suelo es suyo pero el subsuelo es “nuestro”, es decirle que el suelo no es suyo y que está expuesto a la voracidad minera y a la complicidad del Estado con los poderes fácticos.

Somos una república unitaria, pero no somos una dictadura unitarista. Somos un país, no un cuartel. Y usted prometió (tengo las grabaciones respectivas) aguas y lagunas conservadas para Cajamarca, un nuevo país para los que han esperado tanto, cambios y reformas en los contratos de inversión que, tomando como base el interés público, así lo requirieran.

Presidente Húmala: no crea que es usted muy original. Tiene usted una ascendencia histórica abundante, aquí y en América Latina.

Y a usted, que ahora profesa tan auténtica amistad por Chile, le contaré brevemente la historia de Gabriel González Videla, un probable clon suyo que gobernó a nuestro amable vecino del sur.

González Videla llegó al poder en Chile en 1946. Logró eso porque contó con el apoyo de un frente popular que incluía al poderoso Partido Comunista de Chile. Y obtuvo el respaldo de ese frente, que incluía al Partido Radical, porque prometió un Chile nuevo y más justo.

Pues bien, la presión de los conservadores, las amenazas de Washington (un diálogo con Truman fue decisivo), la falsedad o endeblez de sus convicciones empujaron a González Videla a reprimir salvajemente las huelgas de mineros que reclamaban mejores salarios y a quienes él, precisamente, había prometido nuevas perspectivas y trato más digno. De inmediato, dictó la famosa Ley de Defensa Permanente de la Democracia, declaró al Partido Comunista ilegal, censuró las publicaciones de izquierda y convocó a conservadores y liberales a integrar un gabinete que se llamó “de concentración nacional”. Pablo Neruda, que en ese entonces era senador por el Partido Comunista, fue perseguido, vivió durante meses en la clandestinidad y, al final, penosamente, por tierra, pudo salir en secreto de Chile.

En su Canto General, Neruda escribió estas líneas bajo el título “González Videla”: “…En Chile no preguntan, los puños hacia el viento, los ojos en las minas se dirigen a un punto, a un vicioso traidor que con ellos lloraba, cuando pidió sus votos para trepar al trono… A mi pueblo arrancó su esperanza, sonriendo, la vendió en las tinieblas a su mejor postor, y en vez de casas frescas y libertad lo hirieron, lo apalearon en la garganta de la mina, le dictaron salario detras de una cureña, mientras una tertulia gobernaba bailando con dientes afilados de caimanes nocturnos”. En el Perú no tenemos, fatalmente, a un Neruda. Pero quizá hemos empezado a tener a un González Videla.

Alguien que pierde los ideales, un gobierno que abandona su esencia, un horizonte de bala y pragmatismo, la política hecha medición de PBI y aplauso de las agencias de calificación de riesgo, ¿qué son, qué galaxia de sentido forman? El fenómeno tiene un nombre: es la derrota de la inteligencia y el triunfo de la administración.

Fuente: http://lamula.pe/2011/12/11/cesar-hildebrandt-humala-se-ha-resignado-a-gerentear-el-peru/claudiapollo

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