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¿Solos o (mal) acompañados? Los dilemas para construir una izquierda viable y radical en el Perú


Mario Meza Bazán.

Aprovecho el artículo de Hernán Maldonado para introducirme a un debate que se ha planteado con Juan Carlos Ubilluz; y, en la columna de Antonio Zapata,[1] acerca de las posibilidades electorales de la izquierda en el Perú, especialmente para las que se vienen en las elecciones presidenciales y del congreso en el 2016. Entre los principales puntos que se debaten aparecen:

1° La situación de fragmentación y debilidad de las diferentes expresiones políticas y sociales que se consideran de izquierda.

2° Las oportunidades que representan hoy los movimientos sociales en auge en provincias, que se enfrentan a los capitales transnacionales por el tema medioambiental; y, al cuestionamiento de las formas políticas de la clase política tradicional, que desde hace 25 años, ha encontrado en Lima, por ejemplo, un referente para la oposición a la gestión del alcalde Luis Castañeda Lossio.

3° La viabilidad de que haya en esa oportunidad de unificación por motivos electorales y en menor medida por convergencia política, la posibilidad de obtener si no buenos resultados por lo menos resultados satisfactorios, que levanten una auténtica posibilidad y esperanza de cambio en la conducción política de este país.

Hay un consenso entre los tres analistas sobre la fragmentación como un síntoma de debilidad del actual del proceso político de la izquierda peruana. Para Ubilluz, éste debería ser el momento para replantear las posibilidades de reconstitución de una izquierda con ideas genuinas de cambio en la política peruana, teniendo como punto de partida la soledad de la radicalidad que a la larga se convierta en una antorcha que amplifique perspectivas para una izquierda anquilosada por las continuas frustraciones de candidaturas que “traicionaron” la voluntad popular delegada en las ánforas en favor de una “democracia administrada” por los grandes poderes económicos. Claro, la soledad a la que se refiere Ubilluz es la política, porque por lo menos uno de los logros que ha conseguido, por ejemplo, Tierra y Libertad es crear desde el movimiento social medio ambientalista una conciencia ecológica, que le dará consistencia política en el largo plazo como fórmula de cambio alternativo.

Por otro lado, se presenta la posición de Antonio Zapata, que desde un planteamiento opuesto, considera que la suma de las minorías, por más consistentes que sean, no podrían alcanzar el mínimo de la opción realista que debe presidir siempre el ejercicio de la política: la obtención del poder. Desde esa perspectiva, plantea que las posibilidades de una minoría no han comulgado bien con ese agente mayoritario en el Perú desde la segunda mitad del siglo XX, y que ha venido inclinando la balanza de las diferentes elecciones en los últimos 35 años, que es el sector mestizo o popularmente cholo de la población. Desde esa perspectiva resultaría razonable que las diferentes agendas que hoy se manejan desde una mirada izquierdista, como son la reivindicación de la dignidad y la igualdad, se constituyan en elementos claves que cohesionen todas las demandas sociales, indigenistas, regionalistas, urbanas y de clases medias en un solo bloque mayoritario, capaz de derruir a los sectores oligárquicos de la sociedad.

Desde una tercera mirada, y complejizando ambas posturas, Hernán Maldonado plantea las dificultades para mantenerse en una postura principista, que no pocas veces ha derivado en posiciones sectarias y moralistas en el seno de la izquierda, pero que parece se hacen más intensas en el Perú de los últimos años. No es el caso de la dirigencia de Tierra y Libertad, pero sí de sectores que han mostrado rechazos a alianzas con el Frente Amplio, por ejemplo, por el tema del liderazgo en la Confluencia por la Unidad del Frente de Izquierda (CPUFI). En todo caso, si hay un escollo en la moral públicamente impoluta de algunos sectores de izquierda para mantener un proyecto político electoral de cambio en el corto plazo, es porque no han entendido, según Maldonado, lo que significa realmente la política y, específicamente, la política secularizada. Ludolfo Paramio identificaba un impasse similar con el comunismo europeo de la década de 1980, lo que se solucionó con el colapso del bloque soviético. ¿Qué tendría que pasar en Perú para que se supere esta desconfianza por el otro?

Un problema mayor, plantea Maldonado, sería que el debate en el seno de las izquierdas (antaño llamado el campo popular) es que no se han cumplido tareas que debieron haberse hecho tras 25 años del colapso de las izquierdas: definir proyectos, debatir programas, establecer propuestas concretas, convertir a actores emergentes y no emergentes (los excluidos de la sociedad) en protagonistas de la nueva cara izquierdista en el Perú. En todo caso aquí quiero conectar las diferentes propuestas que plantean los tres autores. En principio ¿qué actores son los que se proponen? Ubilluz y Zapata plantean la más amplia gama de los excluidos tradicionalmente de la arena política principal, (lxs campesinxs y nativxs y lxs migrantes mestizxs, fuera de todos los otros grupos como homosexuales, lesbianas, etc.) ¿Qué tienen en común? Aparecen en los medios como parte del coro, los que se manifiestan en las movilizaciones, en las marchas, los que aparecen golpeados, apaleados, detenidos, abaleados, asesinados muchas veces al margen de la cámara de Tv. o que son sembrados por alguna conspiración mediática para hacerlos aparecer como violentos. ¿Hablan ellos en nombre propio o del que sufre los efectos del “sistema”? La respuesta es obvia, pero profundicemos un poco más ¿Tienen proyectos? El más común y extendido: no haber sido nada durante años, ser alguien ahora ¿Qué programa define eso? Uno que los libere de las ataduras de la opresión y la humillación de la sociedad, que está aparejado con la desigualdad en la política, en la economía, en la cultura, en la escuela, en los servicios de salud, en el trato de la policía y de la administración de justicia, en la convivencia dentro de la familia, del hogar y en las instituciones que se dicen “tutelares” de la patria. ¿Es lírico, romántico,  revolucionario poco realista? ¿No está exento de contradicciones por ambicioso y por eso poco realista políticamente? Coaligar a las clases y grupos definidos por la opresión, es en sí una utopía, pero viable, porque es establecer un discurso y un imaginario legítimo donde todos deben tener cabida, sino no hay posibilidades de aglutinación colectiva coherente. El tiempo y la cooperación o, en su defecto, la tolerancia mutua, es lo que define la pervivencia de un proyecto de este tipo, no sólo su eficacia o eficiencia. Eso lo hace históricamente viable. Hasta Alan García lo entiende así cuando habla de un Frente Republicano. ¿Se podría objetar eso? Claro que no, sólo que en el caso de García y compañía ese frente está hecho para no cambiar nada, ellos no creen en todo lo dicho hasta aquí. Otra objeción ¿acaso no se inscriben todos estos buenos deseos, que son también operativos, en los postulados de todos los partidos políticos, del Acuerdo Nacional, de las constituciones políticas abolidas y vigentes y de los discursos políticos más sosos y convencionales? Aparentemente si, pero he allí el detalle, nadie osa cumplirlo.

Entonces se puede plantear una objeción más consistente a esta política de liberación ¿por qué todo esto que aparecería como muy bueno para un público que ha escuchado en plazas y calles o en la Tv y la prensa, en resumidas cuentas, en una campaña electoral, no podría ser práctico en el mundo real? ¿No fueron acaso Toledo, Humala y hasta el mismo Fujimori en su momento, las opciones de una mayoría silenciosa que convirtió en outsiders a candidatos aparentemente comprometidos con una mirada izquierdista los que traicionaron la voluntad de sus electores por una política más realista? La supuesta falta de viabilidad de estos buenos deseos no sería tanto la concreción o la congruencia de los programas dentro de un solo proyecto colectivo como nos sugiere implícitamente Maldonado en el final de su texto, y que explicarían en última instancia las rupturas entre las izquierdas colgadas de la mochila del líder triunfante en las elecciones, sino las acciones claras de los actores políticos y sus operadores, que en representación de la más variopinta colectividad, no hacen viable estas propuestas. Es la práctica real y las acciones de los actores la que viabiliza y da sentido a la palabra, no al revés (Marx dixit). Puede haber errores de concepto, de priorización, de ejecución y hasta de omisión, pero son las acciones consecuentes con la confianza de los electores que apostarían por ese frente (algo tan escaso en los últimos años), los que mantendrían cohesionados, en una gran mayoría no solo electoral sino política, a un proyecto de izquierdas que además debería pretender ser radical. Esta “realidad”, con que nos ha golpeado tras cada elección el pensamiento único conservador, podría tener un elemento de verdad, especialmente cuando los que han llegado al poder cada cinco años por la izquierda y se van de inmediato a la derecha, terminan envueltos en las telarañas de compromisos teñidas no pocas veces de corrupción. Este regalo de cínico “realismo político” es más un presente griego de las clases políticas, y especialmente de izquierdas, que han forjado durante décadas con su vaciedad doctrinal e ideológica las supuestas inviabilidades de un programa radical de transformación. Es la inoperancia de las izquierdas para organizarse, trasmitir y enseñar sus errores y fallos en la política peruana a las colectividades que dicen representar, son ellas las que han producido con sus deslices por los fallidos liderazgos populistas, la recurrencia al “realismo” político conservador de los candidatos que llegaron al poder por la izquierda y se fueron a la derecha. Son las fallas no subsanadas por las viejas dirigencias izquierdistas, que no han  cumplido con sus tareas  políticas, ideológicas y de transmisión cultural de sus errores y victorias (si es que las hay), lo que debería y no debería hacerse en política. Llenar ese vacío de los últimos 25 años de política izquierdista es una tarea pendiente que no se ha asumido con rigor y seriedad. Querer llenar esos vacíos cada cinco años con campañas electorales confusas y al compás del discurso ideológico dominante es una burla a su electorado, es sentarse sobre todo lo que reclaman hacer para en realidad no hacer nada viable al final.

La tragedia de las izquierdas es precisamente dejar de hacer en el campo y en el tiempo largo del movimiento social las tareas de difusión y enseñanza de valores y principios que debe guiar el razonamiento básico de una izquierda radical. ¿Cuál sería la tarea fundamental de una izquierda radical en el Perú de hoy? la construcción de vocabularios y prácticas de liberación de opresión y de humillación mediante tareas de empatías y formación de solidaridades e identidades de los oprimidos, que reivindique antes que todo justicia e igualdad ante la sociedad y la ley.[2] Sobre esa base ¿se puede entender la extrema necesidad de las alianzas coyunturales en las izquierdas para la obtención del poder del Estado? No, si antes no se piensa realmente cómo ese acceso al poder puede favorecer la recomposición de una opción política viable para los perdedores del sistema. Para muestra un botón, al margen de mis simpatías o antipatías por la fenecida gestión de Susana Villarán ¿alguien podría imaginarse una movilización por una obra malhecha, como fue la del Metropolitano, entre el 2002 al 2010, con una caída estrepitosa en las encuestas del alcalde Castañeda? Algo cambió en el electorado limeño entre el 2011 y 2015. Allí hay una lección para aprender y avanzar, para retomar desde una radicalidad de izquierdas una dirección utópica de liberación.

[1] Maldonado, Hernán “La posibilidad de una isla” en Ideele Revista Nº 249 En http://revistaideele.com/ideele/content/la-posibilidad-de-una-isla; Ubilluz, Juan Carlos “No a la gran coalición de izquierda” http://revistaideele.com/ideele/content/no-la-gran-coalici%C3%B3n-de-izquierda ; Zapata, Antonio “Coalición de mayoría o suma de minorías” en La República del 06 de mayo del 2015 http://www.larepublica.pe/columnistas/sucedio/coalicion-de-mayoria-o-suma-de-minorias-06-05-2015  

[2] Muchos temas se plantean aquí desde esa óptica; por ejemplo, ¿debe existir el mercado y el Estado? Si fuese así ¿cuáles deberían ser sus roles en la sociedad? ¿cuál debería ser el compromiso del Estado frente a la sociedad; por ejemplo, con temas como el medio ambiente, la desigualdad, la inequidad, la opresión, la Globalización? ¿Qué tanto podrían hacer los movimientos sociales en auge para erosionar ciertas supuestas verdades actuales; y, cómo podrían apoyar los cambios que deben operarse dentro del Estado? Todo eso da para debates que nadie en el espectro político actual ha asumido con seriedad; y, que en las izquierdas apenas se mencionan para no molestar a los sectores conservadores, que por cierto, hoy son una mayoría relativa, empezando por el electorado fujimorista, ese otro actor político que las izquierdas no han comprendido o se han rehusado a comprender hasta hoy.

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¿De qué trata su libro? Mario Meza Bazán


Mario Meza nos presenta su última publicación Justicia y poder en tiempos de violencia. Orden, seguridad y autoridad en el Perú, 1970-2000, PUCP 2013. (Tomado de El Reportero de la Historia)

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La incursión de las mujeres a los estudios universitarios


Artículo publicado en Cuadernos del Instituto Antonio de Nebrija

Universidad Carlos III de Madrid

CIAN Vol 15, No 1 (2012)

Resumen

El artículo expone cómo las primeras universitarias de fines del siglo XIX y principios del siglo XX dieron los primeros pasos para la inserción de las mujeres en la vida pública profesional. Para la autora este proceso se sitúa dentro de la lucha de las mujeres por la ampliación de sus derechos civiles. La investigación describe las dificultades institucionales, socialesy culturales para superar los roles de género asignados a las mujeres dentro de la sociedad así como para obtener el reconocimiento del ejercicio profesional. De este modo la presencia de las mujeres en la Universidad resalta cuáles eran las posibilidades y limitaciones de la incorporación académica de las mujeres en la sociedad.

Palabras clave: educación, mujeres, universidad

Abstract: This article describes how in the late nineteenth century and the early twentieth century the first university women started out their public professional life as part of the women inclusion in the society. For the author this process lies in the struggle of women for the achievement of their civil rights. The research has allowed showing the institutional, social and cultural difficulties that women had to overcome gender roles assigned in the society as well as to obtain recognition in the professional practice. Along these lines the presence of women at university emphasizes what were the possibilities and limitations of women’s formal incorporation into the society.

Key words: education, women, university

Texto completo

http://hosting01.uc3m.es/Erevistas/index.php/CIAN/article/view/1544/658

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La Academia Nacional de Historia, los historiadores y la deslegitimación de la enseñanza de la historia en el Perú


Mario Meza.

Historiador

Las notas que salen a continuación responden al artículo que Jorge Moreno Matos publicó el 9 de febrero en su blog El Reportero de la Historia y que tituló “¿Para qué una Academia Nacional de Historia?” http://www.reporterodelahistoria.com/2012/02/para-que-una-academia-nacional-de-la.html Allí Jorge menciona tres motivos de la obsolescencia y el desfase de la Academia Nacional de Historia (de ahora en adelante ANH) con respecto a las necesidades del país. Él señala que hay una ausencia de “opinión iluminadora” o de “juicios y sanciones” de la ANH para el uso y abuso de la profesión y la disciplina histórica en el país; también señala la ausencia de una efectiva y real vida académica conectada a las necesidades de quiénes ejercemos la profesión y el oficio del historiador; y, por último, remacha estas ausencias con el hecho de su absoluto desinterés por promover una efectiva presencia de la historia en la sociedad. Como dice Jorge, la ANH se ha limitado a ser una “abuela jubilada” en la agitada vida de nuestra sociedad con el agravante de que las demandas que ahora se hacen a la disciplina histórica para examinar determinados asuntos que le interesan no son asumidos por ella, afectando de paso la propia legitimidad de las ciencias históricas en el país. Y pone como ejemplos la ausencia de la ANH en la conveniencia o no del Colegio Profesional de Historiadores; la reivindicación de personajes cuestionados por sus acciones ilegales y antiéticas; la apertura de visiones revisionistas que buscan legitimar, deslegitimar o relegitimar rectificando, tergiversando, pervirtiendo o corrigiendo la percepción de un pasado que quiérase o no afecta la memoria, especialmente oficial de un país, tales como la reivindicación de Miguel Iglesias, el replanteo de las dictaduras y de dictadores como Leguía, Velasco y Fujimori; o cuestionando la naturaleza y el impacto de la violencia política de Sendero Luminoso y el retoño de su brazo político legal llamado MOVADEF.[1]

Cabe preguntarse en la dirección planteada por Jorge, si todos los cuestionamientos que acertadamente señala tienen que ver solo y exclusivamente con la performance de una institución creada en 1906 para custodiar la memoria oficial de la nación, a través de prominentes intelectuales y académicos encargados de decirnos como fue el pasado del país.[2] A estas alturas resulta evidente quela ANH está tan desfasada y distanciada de las necesidades y demandas reales de una sociedad, tan compleja y altamente conflictiva, no solo por las distancias que esta institución se ha impuesto con el presente, sino incluso en la manera de cómo miran el pasado. En los últimos tiempos se ha insistido y con mucha razón desde las esferas oficiales del gobierno y del Estado, y más aún entre los llamados lideres de opinión, las profundas deficiencias y vacíos que han aquejado  no solo a la historia como disciplina académica profesional en los centros de formación de historiadores (ergo las universidades). En el mejor de los casos esto sería por un lado una crítica al ejercicio neto y exclusivamente memorístico y erudito de la materia, que encadena muy poco del pasado con los problemas de la sociedad actual; pero por otro lado, soslaya en el peor de los casos la importancia de estas carreras y, en general de las humanidades y ciencias sociales, por estar inundadas por una excesiva percepción  ideologizada de la realidad, con enfoques poco documentados y altamente politizados, que resultan bastante funcionales para afianzar clientelas y camarillas de poder en las universidades pero no para mejorar la calidad académica de la disciplina histórica.

En la realidad de la disciplina histórica sin embargo hay que resaltar otro aspecto que los historiadores generalmente no tomamos en cuenta, y es la manera como esta se enseña y difunde especialmente en las escuelas y en las instituciones de enseñanza superior. Esta situación ha tendido a hacerse más grave cuando esas mismas instituciones de educación superior, especialmente las nuevas universidades “empresas” y/o “técnicas”, se han limitado a rellenar con cursos de historia y en general de humanidades, como una manera formal y ritual de cumplir con las normas y exigencias que imponen la enseñanza de los cursos de historia, sea para  un programa de bachillerato o sea para uno de licenciatura, exigiendo al mismo tiempo un esfuerzo de los profesores (historiadores o no) para minimizar si es que no caricaturizar y precarizar los contenidos de la historiografía, con el fin de hacerlos fácilmente digeribles y aprobables a sus estudiantes. Si esta manera de hacer cumplir la labor docente entre los historiadores, supuestamente capacitados para investigar, producir y difundir producción científica e intelectual, en si mismo altamente precario en un país donde la investigación se encuentra por debajo de los estándares internacionales de recursos para la producción y difusión de conocimientos de calidad, entonces estamos ante el fomento interesado y manifiesto desde determinadas elites empresariales para crear “discapacidades” en la producción, difusión y enseñanza de la historia, agravando la deslegitimación de la disciplina histórica.

Es lamentable constatar de esta manera como el problema de la deslegitimación y perdida de importancia de la enseñanza y difusión de la historia ha afectado en los últimos tiempos no solo la difusión de la misma; de hecho este desinterés afecta la propia producción historiográfica que se produce mal que bien y de manera heroica en sus centros de investigación. La precarización de la enseñanza de la historia fuera de los círculos especializados precariza también la producción de la calidad de conocimiento histórico dentro de esos círculos especializados y lo relega más del campo de la prioridades sociales en la acumulación del capital, objetivo en que se halla embarcado la sociedad peruana desde hace dos décadas. La deslegitimación de la enseñanza de la historia no se limita sin embargo a afectar el prestigio de la historia como tal, sino que afecta a la propia producción historiográfica nacional que como decía es de por si muy precaria, y conspira en términos generales al descenso de la cultura general de la sociedad, especialmente entre los futuros profesionales de otras carreras que son ahora según la ideología hegemónica los llamados a conducir los destinos del país. Hoy la historia no es una disciplina respetada, no es vista como una necesidad específica en la formación superior, menos aún, no es vista como una disciplina que pueda tener espacios de referencia y de consideración en los debates públicos. No hay páginas centrales en los medios escritos, tampoco hay bloques especiales en los programas de televisión, no tiene un lugar propio para expresar pareceres “sensatos” y, menos aún, no es relevante para contribuir en la formación de una opinión pública mínimamente informada.

Vista desde esta realidad, la responsabilidad de la ANH es más un síntoma que una expresión de una crisis profunda de lo deslegitimado que anda la Historiaen estos días como disciplina. La historia no está ni siquiera como tema de debate en los asuntos que atañen tanto a quienes hemos intentado ejercer la profesión en tanto historiadores, como a la calidad de la enseñanza de la misma en las universidades públicas y privadas que la tienen como carreras profesionales[3] o, peor aún, entre las carreras técnicas y empresariales que promueven hoy las nuevas universidades “emprendedoras”. Al mismo tiempo, esta crisis expresa un grave problema de distanciamiento de los profesionales dela Historia, sea de la ANH como de los círculos universitarios, con respecto a la escasa presencia y la adecuada difusión o enjuiciamiento de la enseñanza de la historia en las escuelas primarias y secundarias. El hecho mismo de no tener una activa presencia en temas cruciales como es el Colegio de Historiadores, o su silencio sobre la devolución del patrimonio cultural, saqueado por extranjeros, o su nulo pronunciamiento sobre temas controversiales en la historiografía y, al mismo tiempo, su absoluta ausencia para entrar a los debates públicos con otros “especialistas de la memoria” y con los propios políticos, que buscan manejar el tema de la memoria a su antojo, señala ante todo las profundas si es que no irresponsables ausencias y silencios de las instituciones universitarias nacionales, que se han mostrado totalmente inoperantes para ejercer de manera pública debates y confrontaciones sobre los temas de la memoria y las políticas que deberían conducirlas. Lo más grave en este escenario es sin embargo el total alejamiento y la precarización de todo un régimen de enseñanza superior, que ha reducido transversalmente la enseñanza y difusión de la historia por afanes meramente comerciales e ideológicos, especialmente de quiénes celebran la futilidad de las humanidades frente al requerimiento de hacer dinero, lucrando con las expectativas de la población para tener una carrera profesional “rentable” y con una imagen de éxito, basado en la ignorancia de las realidades socioculturales que bloquean la posibilidad de manejar diversidades, desigualdades y conflictos que aquejan hoy al modelo de sociedad que se está intentando construir.

Si hoy nos lamentamos que la ANH no cumple un papel cabal en el sistema de producción académica, amarrado a las necesidades y demandas de toda una sociedad, creo que es relevante señalar también los defectos de un “sistema académico” de formación de investigadores y de enseñanza, que no ha sido capaz de difundir con un mismo nivel de rigurosidad, en las viejas y nuevas universidades e instituciones superiores que ofertan el éxito a granel, una percepción verídica de los hechos y procesos que han atravesado al país en su historia. Como señalé anteriormente, hoy están surgiendo universidades que están reduciendo y precarizando la enseñanza y difusión de la historia como un relleno formal en sus programas de estudios superiores, con el agravante de que esa precariedad se está transversalizando en todas las carreras y universidades, con un inadecuado manejo de la disciplina por los promotores universitarios, muchos de ellos empresarios que no cuentan con un mínimo criterio de lo que significa la historia y que, peor aún, cuentan con el aval de la Asamblea Nacionalde Rectores (ANR), produciendo a la larga una generación de profesionales seguramente competentes en sus desempeños técnicos y normativos pero altamente descerebrados para la comprensión de una sociedad compleja y conflictiva. Todo esto sin menoscabo que los especialistas en la materia y las instituciones que enseñan la historia como profesión, se hayan pronunciado para nada sobre este tema. Las universidades que enseñan la carrera de historia han guardado un sepulcral y gélido silencio sobre esta situación. El repliegue de la ANHde sus tareas fijadas hace más de un siglo, no es solo un problema de un patriarca institucional jubilado de la disciplina histórica, es el repliegue absoluto de las instituciones generadoras de las profesiones históricas y de la poca pero aún subsistente “historiografía” que se hace en el país,[4] la misma que le está restando legitimidad para vislumbrar cuál es el  accidentado camino por donde debemos transitar para no caer en los viejos errores del pasado que continua y repetidamente nos asolan.


[1] Movimiento porla Amnistía y Derechos Fundamentales, organización que reivindica la amnistía de todos los actores que participaron en la guerra interna de Perú entre 1980 y el 2000 y cometieron delitos contra los derechos humanos incluyendo los de lesa humanidad: terroristas, militares y miembros de las organizaciones de autodefensa incluyendo a políticos.

[2] Véase el origen y la función de esta institución creada primero como Instituto Histórico del Perú expresada luego como Academia Nacional de Historia en Ruly Olortegui Vaquerizo ‘“La conservación de las antigüedades”. El patrimonio cultural en el Perú.  Discurso, debates y propuestas. 1900-1921” En Dino León Fernández, Alex Loayza Pérez y Marcos Garfias Dávila. Trabajos de historia. Religión, cultura y política en el Perú, siglos XVII- XX. Lima. Fondo editorial dela UNMSM. Pp. 245-272.

[3] En este caso me refiero a las universidades comola Universidad Nacional Mayor de San Marcos,la Universidad Nacional Federico Villarreal,la Universidad Nacional de Trujillo,la Universidad Nacional San Agustín de Arequipa,la Universidad Nacional San Antonio de Abad del Cusco,la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga (públicas) yla Universidad Nacional de Piura yla Pontificia Universidad Católica del Perú (privadas) que ofertan la carrera de historiadores. En la PUCP en tanto universidad privada ha intentado conservar espacios propios para un desarrollo académico y de difusión sostenido pero paradójicamente muchos de sus más encumbrados miembros son parte de lo que hoy criticamos enla ANH y tienen una más amplia cobertura mediática y presencial en las instituciones públicas y privadas.

[4] Sobre los alcances y límites de esta actitud heroica en la historiografía por lo menos en una universidad nacional como es la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que intenta salir adelante con sus propios y escasos recursos, se puede ver el texto de Alex Loayza “Notas sobre la historiografía  en la Universidad San Marcos después de la “Nueva Historia”. En Dino León, Alex Loayza y Marcos Garfías Op. Cit.

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